El Eco de los Lamentos
El eco de los lamentos se pierde en una bruma espesa, esa que huele a olvido y a tierra mojada. No es un silencio pacífico; es el zumbido eléctrico de miles de almas que, agolpadas en la orilla, comprenden por fin que el tiempo se les ha escurrido entre los dedos. De repente, la oscuridad se parte: una quilla desgastada corta el agua negra del Aqueronte. No es un crucero de lujo, es la madera vieja que cruje bajo el peso de la eternidad, capitaneada por un anciano de ojos llameantes que no conoce la piedad ni el cansancio. Caronte no pide boletos, exige el peso de tus pecados. Con un rugido que silencia el llanto de la multitud, el barquero agita su remo como si fuera un látigo de hierro, obligando a la "carga humana" a amontonarse en el estrecho vientre de su nave. No hay espacio para el ego, ni para los títulos, ni para las excusas que funcionaban en el mundo de los vivos. Aquí, la humanidad es solo una masa vibrante de arrepentimiento, empujada por la voluntad in...