Canto XXIII - Demonios de la Quinta Bolgia

 


El Canto XXIII del Infierno de Dante Alighieri narra un episodio crucial de peligro y astucia, donde los poetas Dante y Virgilio deben escapar a toda prisa de los Malebranche, la iracunda cohorte de demonios de la Quinta Bolgia (el foso de los malversadores o barateros). La tensión comienza porque, a causa de la presencia de los peregrinos y de la confusión generada en el canto anterior, dos demonios han caído a la brea hirviente, y el condenado que Dante y Virgilio estaban interrogando ha logrado escapar burlando a sus guardias. Esto desata la furia de los Malebranche, quienes, sintiéndose burlados y humillados, vuelven su enojo contra Dante y Virgilio, a quienes consideran responsables de la gresca y la fuga.

La situación se torna extremadamente peligrosa. Dante, reconociendo la ira de los diablos y sabiendo que su malevolencia se ha duplicado con el agravio, expresa a su maestro un temor creciente. De hecho, antes de que Dante termine de hablar, Virgilio ya ha entendido la gravedad del peligro. La reacción del poeta latino es inmediata y protectora, comparándose su acción con la de una madre que despierta en medio de un incendio y huye con su hijo en brazos, sin importarle más que la salvación del pequeño. Este símil resalta la naturaleza amorosa y abnegada de la guía de Virgilio.

Sin dudar un instante, Virgilio sujeta a Dante con firmeza y se desliza con él por el escarpado borde del foso de la Quinta Bolgia. Descienden con presteza hacia el fondo de la Sexta Bolgia, la siguiente depresión del Octavo Círculo, dedicada a los hipócritas. Apenas han tocado el suelo, los demonios Malebranche llegan volando hasta la cima del muro del foso que acaban de dejar. No obstante, en un giro providencial, el peligro cesa tan rápidamente como comenzó.

La razón por la que Dante y Virgilio están a salvo es que los Malebranche tienen prohibido por la voluntad divina el salir de la fosa que les ha sido asignada para guardar. Son, por lo tanto, guardianes enclavados en su propio cerco infernal. Aunque rugen de rabia en lo alto y su avance se detiene en el límite de la quinta bolgia, su furia es impotente ante el designio superior. Esta limitación subraya la jerarquía inmutable del Infierno, donde incluso los demonios tienen sus límites impuestos.

Ya a salvo en la Sexta Bolgia, el ambiente y el ritmo narrativo cambian drásticamente. Los poetas encuentran a los hipócritas, quienes son castigados caminando eternamente vestidos con pesadas capas de plomo, doradas y deslumbrantes por fuera, simbolizando la falsedad de su apariencia de virtud. En este nuevo foso, Virgilio, enojado por haber sido engañado previamente por el demonio Malacoda sobre la existencia de un puente (un puente que prometía la salida y que en realidad estaba roto), reflexiona sobre la mentira diabólica.

La exitosa evasión de los demonios y el cambio de foso marcan una transición tanto física como emocional en el viaje. Virgilio, al darse cuenta de que ha sido víctima de un embuste, manifiesta su ira contra el engaño de los diablos, una reacción inusual en su carácter usualmente sereno. Este evento sirve de advertencia: incluso una figura de la sabiduría como él puede ser engañada en el Infierno. Al final, los poetas se ven obligados a buscar un camino alternativo entre las ruinas del foso para seguir su camino, dejando atrás el peligroso y caótico dominio de los Malebranche.

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