Filosofía Elemental

 




Prologo

Al escribir este libro, no he olvidado las observaciones que emití en El Criterio, sobre la necesidad de reservar para las otras partes de la Filosofía las cuestiones ideológicas y psicológicas. He procurado pues reducir á reglas breves y sencillas todo lo que se requiere para pensar bien; y me abstengo de ventilar cuestiones difíciles, que no pueden comprender los jóvenes al pisar por primera vez los umbrales de la ciencia. Cuando las examine en los demás tratados, haré notar las relaciones que puedan tener con la lógica. Convengo en que algunas de dichas reglas y las razones en que se fundan, se entienden mejor despues de haber hecho estudios serios sobre la ideología y la psicología; y que en el orden analítico estas dos ciencias preceder al arte de prensa…

Tocante a la exposición de las formas dialécticas, he guardado un medio: ni les doy excesiva importancia, ni las estimo en menos de lo que merecen; omito lo superfluo, sin olvidarme de lo útil.

Como el arte de pensar no se aprende con solas reglas, hubiera multiplicado de buena gana los ejemplos en que se viese la aplicación de las mismas; pero me ha retraído el temor de que la obra saliese demasiado abultada, cuando mi propósito eta reducirla á la menor dimensión posible. Además, he creído poderme excusar de extenderme demasiado, con poner las citas de El Criterio, donde se hallarán las ampliaciones correspondientes.


 

NOCIONES PRELIMINARES.

CAPÍTULO I.

 

Objeto y utilidad de la lógica.

 

1. El objeto de la lógica es enseñarnos a conocer la verdad. La verdad es la realidad. Verum est id quod est, es lo que es, ha dicho san Agustín. Puede considerarse de dos maneras: en las cosas o en el entendimiento. La verdad en la cosa es la cosa misma; la verdad en el entendimiento es el conocimiento de la cosa tal como está es en sí. A la primera, la llamaremos verdad real, objetiva; a la segunda, formal, o subjetiva. El sol existe, esto es una verdad real, o en la cosa: conozco que el sol existe, esto es una verdad formal, o en el entendimiento

Los conocimientos no valen nada si carecen de verdad. ¿De qué sirve una gran cantidad de pensamientos a los que nada corresponden? El entendimiento debe ponerse en comunicación con los objetos; si no los conocemos tales como son en sí, dicha comunicación es nula, porque entonces el conocimiento no se refiere al objeto real, sino a una cosa diversa. (V. El Criterio, cap. 1.)

 

2. La lógica natural es la disposición que la naturaleza nos ha dado para conocer la verdad. Esta disposición puede perfeccionarse con reglas fundadas en la razón y en la experiencia.

Hay reglas para dirigir el entendimiento al conocimiento de la verdad, y hay principios en los que estas reglas se fundan: el conjunto de estas reglas y de estos principios constituye la lógica artificial. En cuanto prescribe las reglas es arte; en cuanto señala la razón de las reglas es ciencia. Por ejemplo: el arte prescribe las calidades de una buena definición; la ciencia señala la razón de lo prescrito en la regla: el arte dice cuáles son las argumentaciones legítimas; la ciencia enseña el porqué de su legitimidad.

El arte es un conjunto de reglas para hacer bien alguna cosa; y es posible formar un conjunto de reglas para llegar al conocimiento de la verdad; pues, siendo la verdad el objeto de nuestro entendimiento, para llegar a ella debe haber un camino que la reflexión pueda hacernos conocer. Trazado este camino en un conjunto de reglas, tendremos la lógica como arte.

El entendimiento no es una facultad ciega: cuando sigue un camino, sabe, o al menos puede saber, por qué le sigue; luego es capaz de señalar la razón de las reglas que observa para llegar al conocimiento de la verdad. El conjunto de estas razones será la lógica como ciencia.

Ahora podemos definir la lógica artificial, diciendo que es el conjunto de las reglas que nos guían para conocer la verdad, y de las razones en que se fundan

La lógica artificial puede sernos útil; pues, si el entendimiento sirve para dirigir las demás facultades, claro es que puede dirigirse á sí mismo por medio de la reflexión.

 


 

CAPÍTULO II.

 

Facultades del alma cuya dirección debe cuidar la lógica.

 

3. Las verdades son de diferentes clases; porque sien-do la verdad la misma, la diferencia de las cosas implica diferencia de verdades.

La diferencia de las verdades exige diferencia de medios para alcanzarlas. Esta es una regla importantísima y fundamental. No todas las verdades se deben buscar por el mismo método. Quien discute del mismo modo en las ciencias morales que en las matemáticas, en las de observación que en las exactas; quien busca la verdad en la literatura y en las bellas artes es el mismo método que, en las ciencias, incurrirá en graves errores. Cada orden de verdades requiere un método especial del que no se puede prescindir.

4. El hombre, además del entendimiento, tiene otras facultades que le ponen en relación con las cosas; por lo que una buena lógica no debe limitarse solo al entendimiento; ha de extenderse a todo cuanto pueda influir en que conozcamos los objetos tales como ellos.

Las facultades de nuestra alma que deben ocuparse de la lógica son la sensibilidad externa, la imaginación, la sensibilidad interna o la facultad del sentimiento, y por fin la inteligencia.

5. La sensibilidad externa es la que se ejerce por los cinco sentidos: la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto. Nos pone en comunicación con el mundo corpóreo.

6. La imaginación es la facultad de reproducir en nuestro interior las impresiones de los sentidos, independientemente del ejercicio de estos; y de combinarlas de varias maneras, sin necesidad de sujetarse al orden con lo que hemos experimentado. Aunque no tengo delante una pirámide que he visto, reproduzco su imagen en mi interior: he aquí un acto de la facultad imaginativa, el cual se ejerce independientemente del sentido. He visto montañas, he visto oro, pero no he visto nunca una montaña de oro; pero si quiero, puedo muy bien imaginármela, en cuyo caso reúne las dos sensaciones, oro y montaña, sin embargo de no haberlas hallado juntas en la realidad. He visto animales, y he visto locomotoras de caminos de hierro; si me imagino un monstruo viviente, del tamaño y las formas de la locomotora, y el ruido de éste lo convierte en bramido, y el humo que de ella se exhala lo trueco en aliento inflamado que sale de la boca y narices del monstruo, con la reunión de dos sensaciones forman un ser que no existe en la realidad.

7. Es difícil explicar con palabras lo que se tiende por sensibilidad interna; diremos sin embargo que es aquella facultad delicada que nos pone en relación con los objetos, independientemente de la naturaleza particular de la sensación externa, de la imaginación y del conocimiento. Esta definición se comprenderá mejor con ejemplos.

Hay un hombre gravemente herido; todos, incluso la misma herida, saben su causa, conjeturan su resultado. El sentido, la imaginación y el conocimiento son semejantes. Se acerca al corral una mujer; un grito agudísimo sale del fondo de su pecho, ha visto, imaginado ni conocido algo que no veían y conocieron los demás. No; pero ha sentido algo que ellos no sentían; es la madre de la víctima la que aquí tiene el sentimiento. En esta facultad se comprenden aquí todas las pasiones.

8. La inteligencia, tomada en su mayor parte, es la facultad de conocer las cosas. Estas pueden ser conocidas de una misma manera, y sin embargo ser objeto de sensaciones, imaginaciones y sentimientos muy diferentes

9. Reunámonos en un solo ejemplo del ejercicio de las cuatro facultades explicadas. Supongamos que un estanque de agua es objeto de observación: 1.º de la sensibilidad externa, esto es, de la vista; 2.º de la imaginación, para uno que aparte los ojos del estanque, pero teniéndole presente en su interior; 3.º de la sensibilidad interna, para uno de los espectadores que recuerda haber visto a una persona querida, u otro lance ingrato o agradable; 4.º del entendimiento, para el matemático que calcula la superficie del estanque, el naturalista que examina las propiedades del agua, o el médico que se ocupa de la influencia de los vapores de la misma sobre la salud de los habitantes de la comarca

 

10. El conocimiento y el juicio de la verdad residen únicamente en el entendimiento. Las demás facultades le ayudan a reconocer objetos externos o afecciones de la misma alma; pero ellas, en sí mismas, no las conocen. La naturaleza nos ha dado para ponernos en comunicación con los objetos, para presentarlos bajo ciertas formas y afectarnos de varias maneras; pero reservando siempre el verdadero conocimiento a la facultad superior que debe presidir todos los actos internos y externos del hombre: el entendimiento

11. Sin embargo, es tal y tan continua la necesidad que el entendimiento tiene de estas facultades, que si no acertamos a dirigirlas bien, caeremos en muchos errores. Así, aunque el entendimiento sea la facultad que la lógica propone principalmente dirigir, no puede desentenderse de las otras, por lo que pena de no lograr lo que intenta.

Como estas facultades auxiliares se encuentran en comunicación inmediata con los objetos, de la cual carecen el entendimiento, y para que este conozca, necesita que aquellas le presenten materiales, o le exciten de alguna manera; resulta que estamos expuestos a frecuentes errores por las equívocas noticias que ellas nos ofrecen. Son, por decirlo así, unos testigos, cuya falta de veracidad extravía al entendimiento; y así, antes de tratar de esta facultad principal, procuraremos fijar las reglas que deben tenerse presentes para evitar que sirvan de obstáculo en el camino de la verdad a las facultades que nos han sido concedidas como un medio para conocerla.

 


 

LIBRO I

 

FACULTADES AUXILIARES.

 

CAPÍTULO 1.

 

Reglas para dirigir bien los sentidos.

 

12. El objeto inmediato de los cinco sentidos es poder comunicarnos con el mundo corpóreo; pero no se limita a esto su utilidad, pues, excitado nuestro espíritu por las impresiones sensibles, adquiere el conocimiento de las cosas incorpóreas.

 

Para utilizar bien los sentidos es necesario aplicar las siguientes reglas:

13. El órgano del sentido debe estar sano. La experiencia de cada día nos enseña las alteraciones que las enfermedades producen en nuestra sensibilidad: un paladar indispuesto que todo le parece amargo; el que experimenta una fuerte temperatura siente un calor o un frío intolerable en un aposento muy templado.

 

2a.

 

14. Es preciso atender a la relación entre el órgano del sentido y los objetos; la que debe ser cual corresponde a las leyes de cada uno un cuerpo cilíndrico visto de lado, nos presenta su longitud; mirado de tal manera que la vista sea perpendicular a una de sus bases, nos ofrece un círculo. Estando el agua a la misma temperatura, la encontramos fría o caliente, según la disposición de nuestra mano. Un mismo objeto se nos ofrece de maneras diferentes, según lo miramos a través de un vidrio de diversa configuración. Una campana nos parece tener los colores más o menos vivos, según que la atmósfera es más o menos transparente.

15. Cada sentido debe ceñirse a su propio objeto. Los sentidos tienen objetos característicos: la vista, los colores, el olfato, los olores y así los demás. Cuando se quiere que un sentido dé testimonio de objetos que no le pertenecen, es muy fácil caer en error. Hemos comido varias veces un mantel que tiene el olor A, el color B y el sabor C; aquí juegan tres sentidos, cada uno con el objeto que le corresponde; suponemos que sentimos el olor A, sin ver el objeto que lo desprecia, y que desde luego atribuimos al cuerpo oloroso el color B y el sabor C. Claro que sería muy fácil engañárnoslos, porque el testimonio de un sentido lo extiende a tres objetos diferentes; pues, por haber

Hallamos unidas estas calidades en otro caso, pero inferimos que deben mostrarlo en la realidad. Es evidente que el mismo olor A puede salir de un cuerpo que no tenga el color B ni el sabor C, sino otros muy diversos. La vista juzga principalmente de los colores, y a su modo y con ciertas circunstancias, nos hace también discernir los tamaños y figuras; pero en cuanto a este último discernimiento, no siempre es juez competente, como se manifiesta en la alteración con que las distancias nos presentan un mismo tamaño, en la diversidad de figura que nos ofrece un objeto, según el punto de vista desde el cual lo miramos, y también en las ilusiones que sufrimos, creyendo que son de gran tamaño figuras de sola perspectiva. A cierta distancia se nos presenta un objeto que nos parece de gran tamaño, como, por ejemplo, una moldura, un pestillo de una puerta, u otra cosa semejante; pero lo que en realidad hay es una superficie plana en la que el pintor ha lucido la habilidad de su arte; La sombra está distribuida con tal perfección, el efecto de la luz en aquel lugar ha sido calculado tan exactamente, que el objeto nos parece destacarse de la superficie, y tomamos por un cuerpo real lo que solo existe en perspectiva. Los ojos, sin embargo, no nos han engañado; nos presentan lo que deben presentarnos con arreglo a las leyes de la luz y de la visión; leyes fijas y conocidas de antemano, como se manifiesta en el mismo hecho de haber el pintor calculado el efecto de su obra, contando con ellas. Luego el engaño no nos viene de los ojos, sino de haber sacado el sentido del objeto que le corresponde: la luz y los colores. ¿Cómo se podía prevenir la equivocación? Auxiliar la vista con el tacto.

Mirando desde lejos una torre cuadrangular, se nos presenta redonda; la vista tampoco nos engaña, nos ofrece el objeto tal cual debemos ofrecérnoslo; pero a nosotros otros les exigimos que a demasiada distancia y desde un punto de vista no conveniente, distinguiendo entre la figura redonda y la cuadrangular

El oído en muchos casos nos indica con bastante aproximación la distancia de un objeto; pero está siempre sujeto a las leyes de la acústica, fijas y constantes como las de la vista. Si oímos a un ventrílocuo, nos permitirá oír que la voz sale de un punto mucho más distante del que está en realidad. ¿Nos engaña el oído? No; él dice lo que debe decirnos con arreglo a su naturaleza; pero nosotros, que ignoramos las circunstancias excepcionales del objeto que suena, o que, aun cuando no las ignoremos, no estamos acostumbrados a las mismísimas, experimentaremos una ilusión completa, atribuyéndole un engaño del sentido que solo dimana de nuestra precipitación en juzgar.

 

4°.

 

16. Los sentidos deben auxiliarse unos a otros, y su testimonio acorde es tanto más fidedigno, cuanto es mayor el número de los que empleamos para un mismo objeto el manjar que tenía el olor A, el color B y el sabor C ha desaparecido de la mesa, y se trae otro que des-pide el mismo olor: el testimonio del olfato no basta para cerciorarnos de la identidad. Pero en auxilio del olfato vienen los ojos, no solo hay el mismo olor, sino también el mismo color. En vez de un testigo tenemos dos, y por consiguiente se aumenta la probabilidad de que el manjar sea el mismo. Si este testimonio se afeita del sabor, en vez de dos testigos hay tres, y en tal caso podremos asegurar la identidad del objeto.

17. No vale el testimonio de los sentidos cuando hallamos contradicción entre sí; la falla debe inclinarse hacia aquel que juzga de su objeto más propio y con menos perturbación en el medio un palo recto metido oblicuamente dentro del agua nos parece curvo; la mano continúa encontrándolo recto; el juicio debe ser favorable a la mano, porque se aplica inmediatamente al objeto; y no se debe creer al ojo que ve a través de un medio no acostumbrado, cual es el agua

18. No debe admitirse el testimonio de los sentidos cuando está en contradicción con las leyes de la naturaleza.

Una persona sola en un lugar ve que los cuerpos se levantan en alto, sin que haya ninguna causa que pueda producir aquel fenómeno: debe creer que todo ha sido efecto de su imaginación o de un desvanecimiento momentáneo.

Aquí tratamos únicamente del orden natural, y prescindimos de los sucesos milagrosos.

19. No debe admitirse el testimonio de nuestros sentidos cuando está en contradicción con el de los demás hombres.

Estando varias personas reunidas en un mismo aposento, una de ellas ve un espectro que atraviesa la costumbre; si los demás no han visto nada, la aparición será puramente fantástica; la realidad solo habrá un producto de la imaginación.

20. Debe sospecharse del testimonio de los sentidos cuando se opone al curso regular de las cosas.

A cierta distancia vemos a una persona que nos parece llevar el hábito religioso, por ejemplo de San Francisco; como estamos en 1847 y no los hay en España, es muy probable que los ojos nos engañen; en 1833 el testimonio de la vista habría sido menos equivoco.

En un país donde reina la paz, oímos durante mucho tiempo un ruido muy semejante al de un fuego de cañón bien sostenido; debemos creer que el oído nos engaña y que hay otra causa cualquiera en que por pronto no acertemos; en tiempo de guerra el testimonio del oído sería de mayor autoridad,

21. El testimonio de los sentidos debe limitarse a las relaciones de los objetos con nuestra sensibilidad, sin extenderse a la íntima naturaleza de las cosas.

 

Un hombre rudo ve un papel blanco; luego se interpone un prisma que descompone la luz; el papel queda cubierto de lindos colores. El rudo dice: «Esto no es la luz; han tenido el papel con algún ingrediente; este vidrio no puede producir semejante variación.» El rudo se engaña, ¿y por qué? Porque, en vez de limitarse al objeto de la vista, quiere juzgar la íntima naturaleza de las cosas; por la simple visión pretende conocer bastante la naturaleza de la luz, para decir que es imposible que, pasando por el prisma, se produzca el fenómeno que le sorprende

Otro ve el humo que sube hacia arriba, y cree que este cuerpo no gravita hacia la tierra, que no pesa nada; se engaña, porque extiende el testimonio de la vista a la naturaleza de la cosa. La vista no le engaña al manifestar el humo subiendo; la equivocación está en que-re inferir de la simple subida la falta de gravedad.

Un cuerpo nos produce la sensación de olor: no nos engañamos en cuanto a la relación del órgano con el objeto; pero si queremos determinar el modo en que el órgano está afectado y el medio con que se le transmite la impresión, el olfato no dice nada sobre estas cosas.

En general, el testimonio de los sentidos es insuficiente para conocer la naturaleza íntima de los objetos corporales. La sensibilidad se nos ha dado para percibir los fenómenos, para proporcionarnos noticias: la determinación de las leyes a que el mundo está sometido, y el conocimiento de la esencia de los objetos, pertenece a otra facultad, al entendimiento.

22. Los sentidos deben emplearse sin ninguna prevención.

La experiencia enseña que los sentidos nos presentan los objetos son diferentes, según nuestro ánimo se previene de manera diferente. En una noche oscura, una persona medrosa se convierte fácilmente en un vestigio amenazador de un árbol cuyas ramas se agitan con el viento; hay dos más largas que las otras, y en medio de ellas se levanta un bulto que no es más que una porción del tronco, o una rama más gruesa y más corta que las demás. ¿Quién puede dudar de que el bulto sea la cabeza y los ramos de los brazos? El hombre lo está viendo, no puede dudar de lo que tiene delante de sus ojos; pero lo que realmente hay es el miedo en su cuerpo; el terrible fantasma es la cosa más inocente del mundo. Si se le acercan al medroso otros que lo sean tanto como él, verán lo mismo que él, por estar prevenidos con el miedo del primer espectador. La terrible aparición quedará fuera de duda, si no acude a algún hombre sereno que vaya a devolver el fantasma a su naturaleza de árbol

Al ponerse el sol en medio de caprichosos cielos, a veces la imaginación se recrea trocando las nubes en extravagantes figuras: ahora es un castillo rodeado de largas hileras de almenas, en cuyo centro descuella una torre colosal; ahora un gigante montado en un caballo más grande que el de Troya; ahora un mar de fuego cubierto de sobrias naves y bellísimas falúas. Al principio cuesta algún trabajo coordinar las varias partes, pero después de un rato en que la vista trabaja de acuerdo con la imaginación, poco falta si las ilusiones no se convierten en realidades; ya nos parece que no imaginamos, sino que vemos las opiniones, los deseos, la autoridad influyen muchísimo en nuestros sentidos. Varias veces ha pensado que no sería tan anímico el fracaso favorable a una orquesta, si no se supiese de antemano que la música es muy buena, o desde un principio no lo dijesen los inteligentes o los tenidos por tales. Al concluir, todos están encandilados; y aunque no pocos representan una comedia verdadera manifestando lo que no sienten, también hay otros que con la mejor buena fe del mundo creen haber percibido la melodía, incluso tengan un tímpano más

duro que el remiendo de un tambor. Un hombre irritado habrá visto con toda claridad una sonrisa insultante en los labios de su enemigo, cuando este no se acordaba siquiera de lo que se creía ofendido, y si bien comprimía los labios era para no hacer un sordo bostezo, faltando a las leyes de buena sociedad. Demóstenes huyendo en el campo de batalla creía, por así decirlo, que le agarraban de la clámide, cuando en realidad no había otra cosa que los arbustos en que el fugitivo se enzarzaba.

23. Para perfeccionar los sentidos es necesario educar a Carlos con mucho ejercicio y bien dirigido todos los hombres han menester de esta educación, incluso para los objetos más comunes: en lo más necesario, la naturaleza nos proporciona la medida en que nuestra organización se desarrolla y fortalece. Es probable que, cuando comenzamos a ver, no veamos bien; y lo mismo debe suceder en los otros sentidos. Con la experiencia se van rectificando los errores; y cuando el hombre es capaz de reflexionar sobre ellos, la naturaleza le ha educado de la manera más conveniente para que no los padezca

 

La perfectibilidad de los sentidos se extiende en una escala indefinida, como lo manifiesta la delicadeza que pueden llegar a los ciegos el oído y el tacto. Los que se ocupan en una clase de objetos obtienen con el ejercicio una prontitud y perfección de sentido que asombra a los no ejercitados. ¿Cuántas pequeñas diferencias no percibe un músico, que se escapan de todos a otros, aun cuando tengan por naturaleza el oído tan fino como él? ¿Cuántos pormenores, no solo artísticos sino también puramente visuales, no se ofrecen a un pintor ejercitado que sin embargo se ocultan de todos a otros que tienen la vista mejor, pero que no se han ocupado de pintar? El paladar, el olfato, el tacto se perfeccionan también con el ejercicio: quien está acostumbrado a delicados manjares nota con mucha más facilidad las pequeñas diferencias del condimento. El que ha respirado muchos aromas los distingue con rapidez y exactitud. Un cambio de ropa interior, imperceptible para una persona grosera, será tal vez insoportable para quien las haya usado siempre muy finas. (V. El Criterio, cap. v.)

 


 

CAPÍTULO II.

 

La imaginación.

 

24. La imaginación tiene dos funciones: 1.ª reproducir en el interior las sensaciones recibidas; 2.ª combinarlas de varias maneras. La primera constituye la memoria imaginativa, la segunda la inventiva de la imaginación.

 

SECCIÓN I.

 

Memoria imaginativa.

 

25. La perfección de la memoria imaginativa consiste en que las sensaciones pasadas se nos representan rápida y fielmente. Aquí la belleza no entra para nada; la imaginación en este caso debe retratar, y la perfección del retratista está en copiar exactamente el original.

26. La memoria imaginativa es perfectible como todas las facultades humanas; su mejor auxiliar es el orden, esta regla se funda en un principio ideológico, á saber, que las impresiones se reproducen en nuestro espíritu según el modo en que las hemos recibido, ó según el arte con que las hemos coordinado, por medio de la reflexión.

Visitamos un gran establecimiento fabril: en uno de sus departamentos se reparan las primeras materias; en otro se elaboran los diversos objetos; en otro se les da la última mano; en otro por fin se los dispone en bultos ó cajones para hacer las remesas, ó se los distribuye del modo conveniente para que pueda examinarlos el comprador. Si la visita se hace con desórdenes, pasando de una á otra pieza, recorriendo ahora una parte de los almacenes, admirando luego la ingeniosa construcción de una máquina, y continuando de este modo sin ninguna regla, se verán muchas cosas; quizás se las examinará muy bien aisladamente, pero será difícil recordarlas; por el contrario, si se ha procedido con método, formándose primero una idea general del edificio, de sus partes principales y de los objetos a que se destinan, fijándose luego en las divisiones y subdivisiones de cada departamento, siguiendo el orden de la fabricación, comenzando por las primeras materias y acabando por los estantes del despacho, se ligará todo fuertemente a la memoria; el recuerdo de un objeto excitará al de otro, y con poco trabajo se podrá dar cuenta de todo lo que se ha visto, aunque haya transcurrido mucho tiempo

27. Es necesario acostumbrarse a ordenar las cosas en la memoria como en un libro de registro; de esta suerte se simplifica lo más complicado, y se retiene sin dificultad, lo que de otro modo se olvidaría fácilmente. No todos disponen del tiempo y la paciencia que son esenciales para aprender la mnemotecnia, cuya utilidad para el común de los hombres es bastante problemática; pero todos pueden emplear esos medios de orden que no requieren ningún estudio científico y que se adquieren fácilmente con un poco de cuidado y reflexión.

28. Para recordar con facilidad y exactitud, conviene ligar los objetos en la memoria con alguna relación: esta puede ser de espacio o lugar, de tiempo, de causalidad, de similitud, según las cosas que se quieren recordar.

 

Relación de espacio o lugar

 

29. La experiencia nos enseña que, al acordarnos de un lugar, nos acordamos de las cosas contenidas en él. Así es indudable que, si nos proponemos recordar varios objetos, lo conseguiremos más fácilmente y mejor, si los ligamos con la relación de un mismo lugar; lo cual se logrará tomando uno o más puntos salientes, a los que podamos referirnos. La topografía de un país se conservará en la memoria más fácilmente y con más exactitud, si tomamos alguna cordillera de montañas, la de una máquina, y continuando de este modo sin ninguna regla, se verán muchas cosas; quizás se las examinará muy bien aisladamente, pero será difícil recordarlas; por el contrario, si se ha procedido con método, formándose primero una idea general del edificio, de sus partes principales y de los objetos a que se destinan, fijándose luego en las divisiones y subdivisiones de cada departamento, siguiendo el orden de la fabricación, comenzando por las primeras materias y acabando por los estantes del despacho, se ligará todo fuertemente a la memoria; el recuerdo de un objeto excitará al de otro, y con poco trabajo se podrá dar cuenta de todo lo que se ha visto, aunque haya transcurrido mucho tiempo

27. Es necesario acostumbrarse a ordenar las cosas en la memoria como en un libro de registro; de esta suerte se simplifica lo más complicado, y se retiene sin dificultad, lo que de otro modo se olvidaría fácilmente. No todos disponen del tiempo y la paciencia que son esenciales para aprender la mnemotecnia, cuya utilidad para el común de los hombres es bastante problemática; pero todos pueden emplear esos medios de orden que no requieren ningún estudio científico y que se adquieren fácilmente con un poco de cuidado y reflexión.

28. Para recordar con facilidad y exactitud, conviene ligar los objetos en la memoria con alguna relación: esta puede ser de espacio o lugar, de tiempo, de causalidad, de similitud, según las cosas que se quieren recordar.

 

Relación de espacio o lugar

 

29. La experiencia nos enseña que, al acordarnos de un lugar, nos acordamos de las cosas contenidas en él. Así es indudable que, si nos proponemos recordar varios objetos, lo conseguiremos más fácilmente y mejor, si los ligamos con la relación de un mismo lugar; lo cual se logrará tomando uno o más puntos salientes, a los que podamos referirnos. La topografía de un país se conservará en la memoria más fácilmente y con más exactitud, si tomamos alguna cordillera de montañas, la corriente de un río, un pico elevado u otra particularidad cualquiera a la que refiriéramos todo lo demás.

 

Relación con el tiempo.

 

30. En el tiempo se ordenan los sucesos tomando uno muy notable que sea como un eslabón mayor que los otros en la cadena de los acontecimientos. En esto se funda la utilísima costumbre de dividir la historia en grandes épocas, refiriéndose a la fundación o ruina de un imperio, o a otro suceso muy grande por su naturaleza o resultados

El curso ordinario de la vida también podemos distribuirlo en épocas notables por algún acontecimiento público o privado, ajeno o propio, que por sus circunstancias especiales deja en nuestro espíritu una huella difícil de borrar, como el principio o el fin de una guerra, una peste, el entronización o la muerte de un monarca, la caída de una persona querida, un viaje, un cambio de fortuna o de posición social, una nueva situación familiar y otras cosas semejantes.

31. Es evidente que, si las dos relaciones de espacio y tiempo se unen, grabarán con más fuerza el hecho en la memoria; claro está que recordaremos con más facilidad una serie de acontecimientos que se unen no solo a un lugar muy señalado, sino también a una época muy notable.

 

Relación de causa y efecto

 

32. Sobre la relación de causa y efecto basta tener presente que no debe ser facticia, sino fundada en la insignificancia de las cosas; de lo contrario, es fácil olvidarse, porque fácilmente se olvida lo que es mero producto de la imaginación sin fundamento en la realidad.

33. En cuanto sea posible, conviene apoyarse en la realidad de las cosas: las ficciones, por ingeniosas que sean, no sirven tanto como los hechos.

Suele decirse que los mentirosos, si no han de contradecirse, deben tener mucha memoria; y en efecto es así, como lo manifiestan las continuas contradicciones en que incurren. Un viajero que en realidad ha tenido una aventura, por ejemplo, un gran temporal, un asalto de drones, un vuelo en carruaje, un vado peligroso, la vista de una costumbre singular o de un fenómeno raro de la naturaleza, contará siempre la misma cosa del mismo modo, con idénticas circunstancias de tiempo, de lugar y de cuánto concierne al suceso; pero un mendigo que para darse cuenta de importancia o por el simple prurito de referirse a cosas extrañas, cuenta como real una aventura fingida, cambiará fácilmente algunas circunstancias, lo cual pondrá de manifiesto su falta de veracidad. Para no contradecirse nunca, no hay medio más seguro de referirse sencillamente a los hechos tales como han sucedido, sin añadirles ni quitarles nada. Así es como el rey que dice la verdad dice siempre lo mismo; El que miente incurre en frecuentes contradicciones: en lo cual se funda el arte del juez para descubrir la verdad en medio de las imposturas con que la encubren las manos del crimen, o quizá la timidez de la inocencia.

 

Relación de semejanza.

 

34. El recuerdo que nace de la semejanza es de los más naturales. Con respecto a esto, él observará lo mismo que en el anterior. La semejanza debe ser verdadera, y no simple producto de nuestro ingenio. Un entendimiento agudo descubre semejanza entre las cosas más diferentes; pero como no se fundan en la realidad, pronto falla el recuerdo de lo que en ellas estriba, á no ser que la singularidad de la ocurrencia sea tal, que por sí sola se graba profundamente en el ánimo, á causa de su extrañeza ó de su gracia

35. A veces la imaginación nos presenta como sucesos en la realidad, cosas que solo han existido en nuestra cabeza. Los calenturientos toman frecuentemente por sucesos positivos lo que acaban de soñar.

 

Para evitar las ilusiones de la imaginación, recuérdese las siguientes reglas:

 

36. El testimonio de la imaginación es poco seguro en un enfermo.

 

La experiencia de cada día nos lo enseña, no solo en los casos de una fiebre intensa que produce un delirio verdoso, sino también en personas muy debilitadas por falta de alimento o de sueño, o por otras causas.

37. El testimonio de la imaginación, para ser fiel, debe ser claro y constante.

Las ilusiones fantásticas suelen ser oscuras y confusas, mezcladas con mil cosas desconocidas, y además varían con mucha facilidad, sin resistirse por lo común a un cambio de lugar o tiempo.

38. La imaginación no merece fe, cuando está en oposición con las leyes de la naturaleza, estas leyes son constantes, no se alteran sino por mi culpa; y la imaginación del hombre está sujeta a la influencia de muchas causas que la pueden trastornar. Así, pues, la prudencia aconseja que, en caso de duda, más bien creamos que hay trastorno en la imaginación que muda en las leyes de la naturaleza.

39. Es preciso desconfiar del testimonio de la imaginación cuando se opone al curso regular de las cosas. En confirmación de esta regla pueden aducirse las mismas observaciones que se hicieron con respecto a los sentidos.

40. El testimonio de la imaginación no merece crédito cuando se opone al de los demás hombres, por lo común, más fácil es que se engañe uno solo que muchos; y si estos son la generalidad de los hombres, debe tenerse por cierto que el engañado es el individuo que discuerda.

41. Para juzgar con certeza el testimonio de la imaginación, debemos consultar, en caso de duda, la razón, los sentidos, las leyes de la naturaleza, el curso regular de las cosas, el testimonio de los demás hombres, empleando estos medios con arreglo a las circunstancias del objeto que la imaginación nos representa.

 


 

SECCIÓN II.

 

Inventiva de la imaginación.

 

42. La inventiva de la imaginación consiste en la facultad de combinar varias impresiones sensibles, independientemente del modo en que las hemos recibido.

 

La regla fundamental para dirigir bien la facultad inventiva es la siguiente:

 

43. La combinación debe ser la que corresponda al fin que se destina al producto de la imaginación, el fin principal de las artes útiles es la utilidad; el de las bellas, es la belleza: á estas bellas debe subordinarse la inventiva de la imaginación. Es bueno reunir las dos cosas cuando sea posible; pero nunca debe perderse de vista el fin respectivo. En un edificio para habitación, la belleza debe subordinarse a la utilidad, comprendiendo en esta palabra la comodidad y cuanto se puede entender en la palabra útil, tratándose de habitaciones. En un edificio destinado a museo de pinturas, la utilidad debe subordinarse a este objeto, construyéndolo del modo más adaptado para que los cuadros produzcan debidamente su efecto artístico.

 

44. La inventiva de la imaginación puede ser dirigida por dos principios, la ciencia o el gusto. Entendiendo aquí por ciencia el conocimiento de las leyes de la naturaleza; y por gusto, aquella impresión indefinible que nos hace los objetos agradables o ingratos. La construcción de una galería será dirigida por la ciencia, si el arquitecto solo se atiene a las leyes de gravedad y equilibrio, para darle a su obra la conveniente solidez; y lo será por el gusto, si el arquitecto solo considera el efecto que producirá a simple vista.

 

45. Claro está que en ningún caso debemos ponernos en contradicción con las leyes de la naturaleza, sacrificando los principios de la ciencia a las inspiraciones del gusto. Un palacio podría ser muy vistoso y esbelto, pero de nada serviría la graciosa morada si amenazara con desplomarse sobre la cabeza de sus habitantes

46. En toda obra es necesario distinguir entre la ciencia y el gusto. En lo primero, es preciso atenerse estrictamente a las leyes de la naturaleza; en lo segundo, se debe atender a las inspiraciones de la sensibilidad, inspiradas y dirigidas por los consejos de una sana razón; para lo cual sirven la geometría, la mecánica y todas las ciencias naturales; para esto, se aprovecha el estudio de los buenos modelos y el ejercicio de cuanto se puede dar a la cultura y a la delicadeza, a la fantasía y al corazón.

47. La preferencia por lo científico o lo bello debe resolverse atendiendo a la profesión de cada uno. El ingeniero ha de cuidar principalmente de la ciencia; el pintor de la belleza una obra construida con arreglo a los verdaderos principios científicos, ya tiene su belleza natural, que, por sencilla, no deja de ser muy agradable. La simple observancia de los preceptos científicos asegura las construcciones de dos calidades que por sí solas son: unidad de plan y regularidad en las partes. Esto por sí solo ya es bello, como lo es una figura geométrica regular perfectamente delineada.

48. La belleza bien entendida no está en contradicción con las reglas científicas. Solo será bella una estatua de mármol construida de tal modo que según las reglas de la mecánica no puedan sostenerse en pie, o en otra actitud que le haya querido dar al escultor. En el lienzo no se caen las figuras aun cuando el pintor las coloque en contradicción con las leyes de la mecánica;

Más por esto no deja de notar la deformidad, y el artista paga con la pérdida de su reputación el menosprecio de las leyes de la naturaleza.

49. El arte no siempre anda por camino trillado: a veces se levanta en alas de la fantasía y se divierte por nuevos mundos. Entonces el artista prescinde de las reglas mecánicas; pero esta libertad la adquiere cuando se ocupa de objetos no sometidos a las condiciones del universo corpóreo. ¿Quién exigiría a un pintor que representara una aparición sublime con sujeción a las leyes de la mecánica? En tales casos, todo se hace vaporoso, aéreo, fantástico; los cuerpos se espiritualizan, por así decirlo; la grosería de la materia desaparece al impulso de las ideas y del sentimiento.

En todas las materias, pero muy especialmente en las relativas a la imaginación, debe observarse la regla siguiente:

50. Nadie debe escoger una profesión para la cual no tiene disposiciones naturales.

La experiencia enseña que hay hombres muy á propósito para las construcciones mecánicas, así como hay otros incapaces de comprenderlas. Los extremos tanto en capacidad como en incapacidad son raros; muy raros son los que cuentan como Mangiamele; pero también son muy pocos los que no son capaces de aprender los rudimentos de la aritmética. Entre los extremos hay una inmensa escala, en la cual los ingenios se hallan distribuidos; no es posible medir los grados de ella con exactitud geométrica; pero una prudente observación puede hacerse notar en los casos respectivos, si hay o no disposiciones felices, o cuando menos regulares, para la profesión que se trata de escoger, (V. El Criterio, cap. 1, § 3, ss.)


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