Angelus
Los ángeles
son seres espirituales, considerados mensajeros de Dios, presentes en
religiones como la judía, cristiana e islámica. Tienen la función de adorar a
Dios, servir sus designios y ayudar a la humanidad, aunque también existen
ángeles rebeldes (demonios). La palabra proviene del griego "ángelos"
y su significado más literal es "mensajero".
En la teología y la religión
Creación y
naturaleza:
Son espíritus celestiales creados por Dios antes que los humanos. No tienen
sexo y existen en un plano espiritual.
Funciones: Adoran y glorifican a Dios. Sirven
como mensajeros divinos, transmitiendo comunicaciones importantes. Ayudan y
guían a las personas que son leales a Dios. Participan en eventos divinos como
el Juicio Final. Luchan contra las fuerzas del mal.
Tipos de
ángeles:
Ángeles que pecan (se rebelaron contra Dios y se convirtieron en demonios). Arcángeles
(ángeles con rangos superiores, como Miguel, Gabriel y Rafael). Guardianes (ángeles
asignados para proteger a las personas).
En la
cultura popular y la iconografía
Apariencia: A menudo se les representa con alas blancas
y aspecto juvenil, aunque la idea de los ángeles como seres alados es una
invención artística. Tradicionalmente se les ha representado como seres alados,
pero también pueden aparecer como espíritus invisibles o como personas.
Iconografía: La imagen del ángel con alas blancas
es un motivo recurrente en el arte religioso y la cultura popular.
En la vida cotidiana
Como nombre: "Ángeles" es también un
nombre propio femenino derivado de "Nuestra Señora de los Ángeles",
en referencia a la Virgen María.
Como
concepto:
La creencia en ángeles es común en muchas culturas y ha sido objeto de debate
en la filosofía y la teología a lo largo de la historia. Un ángel es un ser
sobrenatural presente en varias religiones y mitologías, cuya función principal
es servir a una deidad suprema. Sus funciones y especificaciones varían según
cada cultura. La rama de la teología que se especializa en los ángeles se
denomina angelología.
Las
religiones monoteístas muchas veces representan a los ángeles como seres
celestiales benevolentes que actúan como intermediarios entre Dios y la
humanidad. En el catolicismo se habla del ángel de la guarda o del custodio,
que sería aquel que Dios tiene señalado a cada persona para protegerla. Por
contraposición, también se tiene la figura del ángel caído, aquel que ha sido
expulsado del cielo por desobedecer o rebelarse contra Dios. Los ángeles más
conocidos en las tradiciones judeocristianas son: San Miguel, San Gabriel y San
Rafael.
Etimología y usos
La palabra
"ángel" en español procede del latín angĕlus, que a su vez deriva del griego ἄγγελος ángelos,
'mensajero'. Este nombre ya era usado en la antigua Grecia, según el panteón
griego la demon Angelia (Ἀγγελία) era la mensajera de los dioses, hija del dios
mensajero Hermes.
En el cristianismo
En el
Catecismo de la Iglesia Católica en particular se afirma que: "Desde la
creación (cf Jb 38, 7, donde los ángeles son llamados "hijos de
Dios") y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos,
anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de
su realización: cierran el paraíso terrenal (cf Gn 3, 24), protegen a Lot (cf
Gn 19), salvan a Agar y a su hijo (cf Gn 21, 17), detienen la mano de Abraham
(cf Gn 22, 11), la ley es comunicada por su ministerio (cf Hch 7,53), conducen
el pueblo de Dios (cf Ex 23, 20-23), anuncian nacimientos (cf Jc 13) y
vocaciones (cf Jc 6, 11-24; Is 6, 6), asisten a los profetas (cf 1 R 19, 5),
por no citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el
nacimiento del Precursor y el del mismo Jesús (cf Lc 1, 11.26)"."De
la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la
adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce «a su
Primogénito en el mundo, dice: "adórenle todos los ángeles de Dios"»
(Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de
resonar en la alabanza de la Iglesia: "Gloria a Dios..." (Lc 2, 14).
Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), le sirven en el desierto
(cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22, 43), cuando Él
habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53)
como en otro tiempo Israel (cf 2 M 10, 29-30; 11,8). Son también los ángeles
quienes "evangelizan" (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de la
Encarnación (cf Lc 2, 8-14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5-7) de Cristo.
Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1,
10-11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41;
25, 31 ; Lc 12, 8-9)"; y además: "De aquí que toda la vida de la
Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles (cf Hch
5, 18-20; 8, 26-29; 10, 3-8; 12, 6-11; 27, 23-25)". "En su liturgia,
la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo (cf Misal
Romano, "Sanctus")"; "Desde su comienzo (cf Mt 18, 10)
hasta la muerte (cf Lc 16, 22), la vida humana está rodeada de su custodia de
los ángeles "Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como
protector y pastor para conducir su vida" (San Basilio Magno, Adversus
Eunomium, 3, 1: PG 29, 656B). Desde esta tierra, la vida cristiana participa,
por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres,
unidos en Dios".
El triunfo del cristianismo sobre el paganismo
Los ángeles
son representados a lo largo de la Biblia cristiana como seres espirituales
intermediarios entre Dios y los hombres: "Sin embargo, los ha hecho [a los
humanos] un poco más bajos que Dios, y los ha coronado de gloria y honor".
(Salmos 8:4-5). Los cristianos creen que los ángeles son seres creados,
basándose en (Salmos 148:2-5); (Colosenses 1:16). Las traducciones griegas de
la Biblia hebrea se refieren a seres intermediarios, como ángeles, dando así
lugar a una distinción entre demonios y ángeles. En el Antiguo Testamento se
mencionan tanto ángeles benévolos como feroces, pero nunca se les llama
demonio. La simetría está entre los ángeles enviados por Dios, y los espíritus
intermediarios de deidades extranjeras, no en las acciones buenas y malas. En
el Nuevo Testamento, la existencia de los ángeles, al igual que la de los
demonios, se da por sentada. Pueden intervenir e interceder en favor de los
humanos. Los ángeles protegen a los justos (Mateo 4:6, Lucas 4:10). Habitan en
los cielos (Mateo 28:2, Juan 1:51), actúan como guerreros de Dios (Mateo 26:53)
y adoran a Dios (Lucas 2:13). En la parábola del Rico y Lázaro, los ángeles se
comportan como psicopompos. En la Resurrección de Jesús aparecen ángeles que le
dicen a la mujer que Jesús ya no está en el sepulcro, sino que ha resucitado de
entre los muertos.
Interacción con los humanos
Kristus
i Getsemane (1873), un ángel consolando a Jesús antes de su arresto en el
Huerto de Getsemaní, por Carl Heinrich Bloch (1834-1890). No os olvidéis de la
hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles. - hebreos
13:2 RVR1960. Tres casos distintos de interacción angelical tienen que ver con
los nacimientos de Juan el Bautista y Jesús. En Lucas 1:11, un ángel se le aparece
a Zacarías para informarle de que tendrá un hijo a pesar de su avanzada edad,
proclamando así el nacimiento de Juan el Bautista. En Lucas 1:26 Gabriel visita
a María en la Anunciación para predecir el nacimiento de Jesús. Los ángeles
proclaman el nacimiento de Jesús en la Adoración de los pastores en Lucas 2:10.
Según Mateo
4:11, después de que Jesús pasó 40 días en el desierto, "...el Diablo lo
dejó y, he aquí, vinieron ángeles y le sirvieron". En Lucas 22:43 un ángel
consuela a Jesús durante la Agonía en el Huerto. En Mateo 28:5 un ángel habla
en la tumba vacía, después de la Resurrección de Jesús y de que los ángeles
hagan rodar la piedra.
En 1851 el
Papa Pío IX aprobó la Coronilla de San Miguel basada en la revelación privada
de 1751 del arcángel Miguel a la monja Carmelita Antonia d'Astonac. En una
biografía de Gemma Galgani escrita por Germanus Ruoppolo, Galgani afirmó que
había hablado con su ángel de la guarda.
En varias
oportunidades el papa Francisco dedicó algunas reflexiones a la importancia de
los Ángeles de la Guarda, también llamados Ángeles Custodios, cuya fiesta se
celebra el 2 de octubre. En el año 2014, el papa Francisco expresó durante la
homilía de la Misa en la Casa de Santa Marta que el Ángel Guardián sí existe,
no es una fantasía sino un compañero que Dios ha puesto a cada uno en el camino
de la vida: "Esta no es una doctrina sobre los ángeles un poco fantasiosa:
no, es realidad. Lo que Jesús, lo que Dios ha dicho: ‘Yo envío un ángel ante ti
para custodiarte, para acompañarte en el camino, para que no te
equivoques’".
Testigos de Jehová
El concepto
de los ángeles es similar a cualquier rama del cristianismo, son seres intermediarios
entre Dios y la humanidad, estos a su vez tienen su equivalente opuesto, los
demonios. Sin embargo, para los Testigos de Jehová hay un ángel supremo y
único, Jesucristo que consideran como
el Arcángel Miguel y la guía para llegar a Jehová.
En el judaísmo
Los ángeles
(en hebreo: מלאך mal’āḵ "mensajero/trabajo") gozan de
una larga tradición en la cultura judía. Se describen como seres sobrenaturales
sin forma física ni conciencia, actuando solo cuándo y cómo Yahveh les indique,
la falta de libre albedrío los posiciona por debajo de la humanidad. Sin
embargo, este concepto comienza a aplicarse por los rabinos del siglo II,
probablemente para evitar que los judíos adoraran y veneraran ángeles. Los rabinos degradaron a los ángeles al
nivel de la humanidad, enfatizando así la omnipotencia, la
omnipresencia y la adoración a Yahveh. Inicialmente los ángeles eran seres
antropomórficos con capacidades similares a los humanos. Los ángeles se llenan
de celos porque Yahveh siente afecto por los humanos que siguen la Torá (ley
judía) en oración, resistiendo los instintos malignos, y por la Teshuvá.
El Libro de
Enoc
habla de unos ángeles rebeldes que actuaron por voluntad propia, y que luego
fueron expulsados del cielo, llamados ángeles caídos. El Génesis relata cómo
los Hijos de Dios que gustaron de mujeres, llamadas Hijas del Hombre, se
multiplicaron entre ellos. Yahveh arrepentido de lo que había provocado envió
el Diluvio universal.
El rabino del siglo II Shimon bar Yojai maldijo a
todos los que habían explicado el término Hijo de Dios como ángel. Según él,
los Hijos de Dios eran en realidad hijos de jueces o hijos de nobles. El mal ya
no se atribuía a las fuerzas celestiales, sino a una "inclinación al
mal" dentro de los humanos.
En el islam
Guardianes celestiales
en Las maravillas de la creación de al-Qazwînî. Los ángeles en el islam o
malaikas (en árabe ملك, malak, "ángel" o
"mensajero"; plural ملاًئِكة, malā'ikah) son seres celestiales, creados por Alá
a partir de un origen luminoso. Tienen diferentes funciones, como alabar a Dios
en los cielos, interactuar con la vida cotidiana de los humanos y llevar las
leyes de la naturaleza.
El islam
reconoce el concepto de ángeles tanto antropomórficos como abstractos. La
creencia en los ángeles es uno de los seis artículos de fe en el islam. El
Corán es la fuente principal del concepto islámico de ángeles, pero sus
características más completas aparecen en hadices, literatura Mirach, teología
y filosofía islámica. Los ángeles se diferencian de otras criaturas
espirituales en su actitud como criaturas de virtud en contraste con demonios
impuros y genios (jinn) moralmente ambivalentes.
En el zoroastrismo
En el
zoroastrismo hay diferentes figuras con forma de ángel, cada persona tiene un
ángel guardián, llamado Fravashi. Ayudan a los seres humanos y otras criaturas,
y también manifiestan la energía de Dios. Los Amesha Spentas a menudo han sido
considerados ángeles, aunque no hay una referencia directa a ellos transmitiendo
mensajes, sino que son más bien emanaciones de Ahura Mazda ("Señor
Sabio", Dios); inicialmente aparecieron de una manera abstracta y luego se
volvieron personalizadas, asociadas con diversos aspectos de la creación
divina.
En la antigua China
El sistema
de fe ortodoxo sostenido por la mayoría de las dinastías de China desde al
menos la dinastía Shang (1766 A.C.) hasta el período moderno centrado en la
adoración de Shangdi (上帝 "Dios") o el cielo como una fuerza
omnipotente. En gran medida Shangdi era un dios perteneciente al panteón chino,
sin embargo, variantes posteriores como el moísmo (470 A.C. - 391 A.C.)
enseñaron que Shangdi era el dios supremo y que la función de los dioses
menores y los espíritus ancestrales era simplemente llevar la voluntad de
Shangdi.
En la antigua Grecia
En los
comentarios de Proclo (siglo IV) sobre el Timeo de Platón, Proclo usa la
terminología de "angelical" (aggelikos) y "ángel" (aggelos)
en relación con los seres metafísicos. Según Aristóteles, así como hay un motor
primario, también debe haber motores secundarios espirituales.
En el sijismo
La poesía
de las sagradas escrituras de los Sij, el Sri Gurú Granth Sahib Ji, menciona
figuradamente a un mensajero o ángel de la muerte, a veces como Iama (ਜਮ) y a veces como Azrael (ਅਜਰਾਈਲੁ), al igual que otros con funciones
diferentes como a Chitar y Gupat.
Chitar y
Gupat, los ángeles registradores del consciente y del inconsciente, escriben
los relatos de todos los seres mortales, pero ni siquiera pueden ver a los
humildes devotos del Señor.
En África
El pueblo
Himba de Namibia practica una forma de panenteísmo monoteísta y adora al dios
Mukuru (creador Supremo). Los antepasados fallecidos de los Himba están
subordinados a él, actuando como intermediarios entre Dios y la humanidad.
En el Levante politeísta
En todo el
Levante mediterráneo "El" «padre de todos los dioses», era el dios
supremo, padre de la raza humana y de todas las criaturas. El, era adorado como
único dios (monoteísmo), deidad suprema (monolatrismo), o un dios importante de
un conjunto de dioses (politeísta).
Él vivía
con la diosa Asherah en una carpa en lo alto de una montaña (el equivalente al
monte olimpo), cuya base se originaba toda el agua dulce del mundo, esta pareja
formaba la cima del panteón. El segundo escalón estaba conformado por sus
hijos, los "setenta hijos de Athirat", una variante del nombre
Asherah (los cuales tienen atributos similares a los dioses Zeus, Poseidón,
Hades o Tánatos, entre otros). Baal era un dios prominente en este grupo, que
tenía su sede en el Monte Zaphon, Baal se volvió principal en el culto, por lo
que él se transformó en el poder ejecutivo y Baal el poder militar de la
creación. Debajo de los setenta dioses secundarios había un escalón
comparativamente menor de deidades de la industria y el comercio, y un cuarto
escalafón especial para los ángeles. Él y sus hijos componían la Asamblea de
los dioses, y cada miembro tenía una nación humana bajo su custodia, El dividió
a las naciones entre sus hijos.
Jerarquía de ángeles
Los ángeles
suelen estar divididos en rangos, que siguen ciertas jerarquías de las que extraen
características peculiares. En el cañón bíblico de sesenta y seis libros no se
describe, de manera directa, ninguna jerarquía. La clasificación más común se
remonta al De coelesti hierarchia del Pseudo-Dionisio, que los divide en tres
jerarquías, cada una de las cuales contiene a su vez tres órdenes o coros, para
un total de nueve tipos de ángeles: Serafines, Querubines y Tronos; Dominaciones,
Virtudes y Potestades; Principados, Arcángeles y Ángeles.
El término
ángeles (latín angelus; griego aggelos; hebrea MLAK, a partir de la raíz LAK
que significa "uno que va" o "enviado"; mensajero, y en
hebreo es usada para designar tanto a un mensajero divino como a uno humano. La
Versión de los setenta lo traduce por aggelos, palabra que también tiene ambos
significados. La versión latina, sin embargo, distingue al mensajero espiritual
o divino del humano, y traducen el primero como angelus y el segundo como
legatus o más generalmente como nuntius. En algunos pasajes la versión latina es
engañosa, pues usa la palabra angelus en lugares donde nuntius habría expresado
mejor el significado, por ejemplo en Isaías 18,2; 33,3.6.
Aquí sólo trataremos sobre los espíritus-mensajeros y se discutirán los
siguientes puntos:
el significado del término en la Biblia,
los oficios de los ángeles,
los nombres asignados a los ángeles,
la distinción entre espíritus buenos y malos,
las divisiones de los coros angélicos,
la cuestión de las apariciones angélicas, y
el desarrollo de la idea bíblica sobre los ángeles.
A través de
la Biblia se representa a los ángeles como un cuerpo de seres espirituales
intermediarios entre Dios y los hombres: "Lo creaste (al hombre) poco
inferior a los ángeles" (Salmo 8,6). Ellos, al igual que los hombres, son
seres creados; "Alabadle, ángeles suyos todos, todas sus huestes,
alabadle! Alaben ellos el nombre de Yahveh, pues Él ordenó y fueron
creados" (Salmo 148,2.5; Col. 1,16-17). El hecho de que los ángeles fueron
creados, fue establecido en el Cuarto Concilio de Letrán (1215). El decreto
"Firmiter", contra los albigenses, declaró tanto el hecho de que
fueron creados como el de que los hombres fueron creados después de ellos. Este
decreto fue repetido por el Concilio Vaticano I, "Dei Filius". Lo
mencionamos aquí porque se ha sostenido que las palabras: "El que vive
eternamente lo creó todo por igual" (Eclo. 18,1) demuestran una creación
simultánea de todas las cosas; pero en general se admite que "igual"
(simul) aquí puede significar "igualmente", en el sentido de que
todas las cosas fueron "igualmente" creadas. Son espíritus; el
escritor de la Epístola a los Hebreos dice: “¿Es que no son todos ellos
espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la
salvación?” (Heb. 1,14).
Presentes en el trono de Dios
Es como
mensajeros que con mayor frecuencia aparecen en la Biblia, angelus est nomen officii ("ángel es el nombre de su
oficio") y no expresa ni su naturaleza ni su función esencial, es decir:
la de asistentes en el trono de Dios en esa corte celestial de la que Daniel
nos ha dejado un cuadro vívido: "Mientras yo contemplaba: Se aderezaron
unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los
cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de fuego, con
ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles
de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él. El
tribunal se sentó, y se abrieron los libros.” Daniel 7,9-10; cf. Sal. 97(96),7;
Sal. 103(102),20; Isaías 6, etc.).
Esta función
de la hueste angélica es expresada por la palabra "presencia" (Job)
1,6; 2,1), y Nuestro Señor se refiere a ella como su ocupación perpetua (Mt.
18,10). En más de una ocasión se dice que hay siete ángeles cuya principal
función es la de "estar siempre presentes ante la gloria de Dios"
(Tobías 12,15; Apoc. 8,2-5). Esta misma idea puede denotar "el ángel de Su
presencia" (Is. 63,9), una expresión que también aparece en el
pseudo-epigráfico "Testamentos de los Doce Patriarcas".
Mensajeros de Dios para la humanidad
Los ángeles
de la Biblia aparecen generalmente en el rol de mensajeros de Dios para la
humanidad. Son los instrumentos con los que comunica su voluntad a los hombres,
y en la visión de Jacob se les describe ascendiendo y descendiendo la escalera
que se extiende desde la tierra al cielo, mientras que el Padre Eterno
contempla al caminante de abajo. Fue un ángel quien encontró a Agar en el
desierto (Gén. 16); unos ángeles sacaron a Lot de Sodoma; fue un ángel quien le
anunció a Gedeón que salvaría a su pueblo; y el ángel Gabriel instruye a Daniel
(Dan. 8,16), aunque no se le llama ángel en ninguno de estos pasajes, sino
"el hombre Gabriel" (9,21). Este mismo espíritu celestial anunció el
nacimiento de Juan Bautista y la Encarnación del Redentor, mientras que la
tradición le atribuye también el mensaje a los pastores (Lucas 2,9), y la
misión más gloriosa de todas, la de fortalecer al Rey de los Ángeles en su
agonía (Lc. 22,43). La naturaleza espiritual de los ángeles se manifiesta muy
claramente en el relato que Zacarías hace de las revelaciones que recibió por
medio de un ángel. El profeta describe al ángel como hablando "dentro de
él", lo cual parece implicar que él era consciente de una voz interior que
no era la de Dios sino la de su mensajero. El texto masorético, los Setenta y
la Vulgata concurren en esta descripción de las comunicaciones hechas por el
ángel al profeta.
Estas
apariciones de ángeles generalmente duran sólo el tiempo requerido para dar el
mensaje, pero frecuentemente su misión se prolonga, y se les representa como
los guardianes constituidos de las naciones en alguna crisis particular, por
ejemplo, durante el Éxodo (Éxodo 14,19; Baruc 6,6). Del mismo modo, es el punto
de vista común de los Padres que por "el príncipe del Reino de
Persia" (Dan. 10,13.21) debemos entender el ángel a quien se le confió el
cuidado espiritual de ese reino, y quizá podamos ver en el "hombre de
Macedonia", que se le apareció a Pablo en Tróada, al ángel guardián de ese
país (Hch. 16,9). Los Setenta (Deut. 32,8) nos ha conservado un fragmento de
información sobre este punto, aunque es difícil calibrar su significado exacto:
"Cuando el Altísimo repartió las naciones, cuando dispersó a los hijos de
Adán, estableció las fronteras de las naciones según el número de los ángeles
de Dios.” De la expresión “como un ángel de Dios” se desprende cuán grande era
la parte del ministerio que los ángeles desempeñaban, no sólo en la teología
hebrea, sino también en las ideas religiosas de otras naciones. David la usa en
tres ocasiones (2 Sam. 14,17-20; 14,27) y Akiš de Gat la usa una vez (1 Sam
29,9). Incluso Ester la usa para designar a Asuero (Ester 5,24), y se dice que
la cara de Esteban parecía "como la de un ángel" cuando estaba de pie
ante el Sanedrín (Hch. 6,15).
Guardianes personales
En toda la
Biblia encontramos que repetidamente se da a entender que cada alma tiene su
ángel de la guarda. Así, cuando Abraham envió a su siervo a buscar una esposa
para Isaac, le dijo: "Él enviará su Ángel delante de ti" (Gén. 24,7).
Son muy conocidas las palabras del Salmo 91(90),11-12 que el diablo le citó a
Nuestro Señor (Mt. 4,6), y Judit (13,20) relata su hecho heroico diciendo:
“¡Vive el Señor! Porque su ángel me ha protegido…” Estos pasajes y muchos como
ellos (Gén. 16,6-32; Oseas 12,5; 1 Rey. 19,5; Hch. 12,7; Sal 34(33),8), a pesar
de que no demuestran por sí mismos la doctrina de que cada individuo tiene
designado su ángel de la guarda, reciben su complemento en las palabras de
Nuestro Salvador: "Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños;
porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro
de mi Padre que está en los cielos" (Mt. 18,10), palabras que ilustran el
comentario "Lo que está escondido en el Antiguo Testamento, se hace
manifiesto en el Nuevo". De hecho, el libro de Tobías, más que cualquier
otro, parece destinado a enseñarnos esta verdad, en su comentario sobre las
antedichas palabras de Nuestro Señor: "La dignidad de un alma es tan
grande, que cada una tiene un ángel de la guarda desde su nacimiento".
La doctrina
general de que los ángeles son nuestros guardianes designados es considerada
una cuestión de fe, pero que cada miembro individual de la raza humana tiene su
propio ángel de la guarda individual no es de fe (de fide); sin embargo esta
idea tiene tan fuerte apoyo por parte de los Doctores de la Iglesia que sería
temerario negarlo, pensar que un ángel está encargado de varios seres humanos
individuales. La Biblia no sólo representa a los ángeles como nuestros
guardianes, sino también como nuestros intercesores reales. El ángel Rafael (Tob. 12,12) dice: "Ofrecí
oraciones al Señor por ti" [cf. Job 5,1] (los Setenta), y 33,23 (Vulgata);
Apoc. 8,4]. El culto católico a los ángeles es, pues, totalmente bíblico.
Quizás la primera declaración explícita sobre esto se encuentra en las
palabras: "Debemos orar a los ángeles que nos son dados como
guardianes" (De Viduis, IX); (cf. San Agustín, Contra Faustum, XX.21). Un
culto indebido a los ángeles fue reprobado por Pablo (Col. 2,18), el Canon 35
del Sínodo de Laodicea evidencia que esta tendencia permaneció por mucho tiempo
en este mismo distrito (Hefele, Historia de los Concilios, II, 317).
Como agentes divinos que gobiernan el mundo
Los pasajes
anteriores, especialmente aquellos relacionados con los ángeles encargados de
diversas regiones, nos permiten entender la visión prácticamente unánime de los
Padres de que son los ángeles quienes ejecutan la ley de Dios respecto al mundo
físico. Es bastante conocida la creencia semítica en los genios (genii) y en
espíritus que causan el bien o el mal, y en la Biblia se hallan rastros de
ello. Por ello, la peste que devastó a Israel por culpa del pecado de David por
censar al pueblo de Israel, se le atribuye a un ángel el cual se dice que David
vio realmente (2 Sam. 24,15-17, y de manera más explícita en 1 Cro. 21,14-18).
Incluso el susurro del viento en las copas de los árboles era considerado como
un ángel (2 Sam. 5,23-24; 1 Cro. 14,14-15). Esto es declarado de forma más
explícita en el pasaje de la piscina Probática (Juan 5,1-4), aunque hay algunas
dudas sobre este texto; en este pasaje se dice que el movimiento de las aguas
es debido a las visitas periódicas de un ángel.
Los semitas
estaban convencidos de que toda la armonía del universo, así como las
interrupciones de esta armonía, se debían a Dios como creador, pero eran
llevadas a cabo por sus ministros. Este punto de vista está claramente
manifiesto en el "Libro de los Júbilos", en el cual la hueste
celestial de ángeles buenos y malos está siempre interfiriendo en el universo
material. Tomás de Aquino (Summa Theol., I, Q. 1, 3) cita que Maimónides
(Directorium Perplexorum, IV y VI) afirma que la Biblia frecuentemente llama
ángeles a los poderes de la naturaleza, ya que ellos manifiestan la
omnipotencia de Dios.
Organización jerárquica
Si bien los
ángeles que aparecen mencionados en las primeras obras del Antiguo Testamento
son extrañamente impersonales y quedan ensombrecidos por la importancia del
mensaje que llevan o por la obra que realizan, no faltan pistas acerca de la
existencia de una cierta jerarquía en el ejército celestial.
Después de
la caída de Adán, el Paraíso quedó vigilado contra nuestros Primeros Padres por
querubines que son claramente ministros de Dios, aunque no se dice nada acerca
de su naturaleza. Sólo una vez más aparece el querubín en la Biblia, a saber,
en la maravillosa visión de Ezequiel en la que los describe con muchos detalles
(Ez. 1), y que son llamados realmente cherub en Ezequiel 10. El Arca era
custodiada por dos querubines, pero sólo nos queda conjeturar acerca de cómo
eran. Se ha sugerido, con gran probabilidad, que tenemos sus homólogos en los
toros y leones alados que cuidaban los palacios asirios, y también en los
extraños hombres alados con cabeza de halcones pintados que están representados
en las paredes de algunas de sus construcciones. Los serafines sólo aparecen en
la visión de Isaías 6,6. Ya hemos mencionado a los siete místicos que están de
pie ante Dios, y parece que en ellos tenemos una indicación de un cordón
interno que rodea el trono. El término archangel sólo aparece en Judas v. 9 y 1 Tes. 4,16; pero Pablo nos da
otras dos listas de nombres de las cohortes celestiales, nos dice (Ef. 1,21)
que Cristo está "por encima de todo Principado, Potestad, Virtud,
Dominación"; y, escribiendo a los Colosenses (1,16), dice: "porque en
él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y
las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades".
Hay que señalar que Pablo usa dos de
estos nombres de los poderes de la oscuridad cuando (2,15) dice que Cristo
"una vez despojados los Principados y las Potestades… incorporándolos a su
cortejo triunfal". Y no es poco notable que sólo dos versículos después
adviertan a sus lectores a no dejarse seducir por cualquier "culto de los
ángeles". Aparentemente pone su sello en una cierta angelología lícita, y
al mismo tiempo advierte en contra de entregarse a la superstición sobre ese
asunto. Tenemos un indicio de tales excesos en el Libro de Henoc, en el que,
como ya dijimos, los ángeles juegan un papel bastante desproporcionado. Del
mismo modo, Josefo nos dice (Bel. Jud., II, VIII, 7) que los esenios tenían que
hacer un voto para preservar los nombres de los ángeles.
Ya hemos
visto como (Daniel 10,12-21) se asignan varios territorios a varios ángeles,
que se les llama sus príncipes, y este mismo rasgo reaparece de manera más
notable en "los ángeles de las siete Iglesias" apocalípticos, aunque
es imposible decidir cuál es el significado preciso de este término.
Generalmente a estos siete Ángeles de las Iglesias se les considera los obispos
que ocupan estas sedes. Gregorio Nacianceno en su discurso a los obispos en
Constantinopla en dos ocasiones les llama "Ángeles", en el lenguaje
del Apocalipsis.
El tratado
"De Coelesti Hierarchia" atribuido a Dionisio Areopagita, y que
ejerció tan fuerte influencia en los escolásticos, trata con muchos detalles de
las jerarquías y órdenes de los ángeles. Generalmente se reconoció que este trabajo
no pertenece a Dionisio, sino que debe datar de varios siglos después. Aunque
la doctrina que contiene acerca de los coros de ángeles ha sido aceptada en la
Iglesia con unanimidad extraordinaria, ninguna proposición referente a las
jerarquías angélicas es vinculante para nuestra fe. Los siguientes pasajes de
Gregorio Magno (Hom. 34, In Evang.) nos dan una idea clara del punto de vista
de los Doctores de la Iglesia sobre este punto: ”Sabemos
por la autoridad de la Escritura que existen nueve órdenes de ángeles, a saber:
ángeles, arcángeles, virtudes, potestades, principados, dominaciones, tronos,
querubines y serafines. Casi todas las páginas de la Biblia nos
dicen que existen ángeles y arcángeles, y los libros de los profetas hablan de
querubines y serafines. Pablo, también, al escribir a los Efesios enumera
cuatro órdenes cuando dice: 'sobre todo principado, potestad, virtud y
dominación'; y en otra ocasión, escribiendo a los Colosenses dice: 'ni tronos,
dominaciones, principados o potestades'. Si unimos estas dos listas, tenemos
cinco órdenes, y si agregamos los ángeles y arcángeles, querubines y serafines,
tenemos nueve órdenes de ángeles.” Tomás (Summa Theologica I:108), siguiendo a
Dionisio (De Coelesti Hierarchia, VI, VII), divide a los ángeles en tres
jerarquías cada una de las cuales contienen tres órdenes. Su proximidad al Ser
Supremo sirve como base para esta división. En la primera jerarquía pone a los
serafines, querubines y tronos; en la segunda, a las dominaciones, virtudes y
potestades; en la tercera, a los principados, arcángeles y ángeles. La Biblia
sólo nos provee tres nombres de ángeles individuales, a saber, Rafael, Miguel y
Gabriel, nombres que denotan sus respectivos atributos. Libros judíos
apócrifos, como el Libro de Henoc, nos dan los nombres de Uriel y Jeremiel,
mientras que muchas otras fuentes apócrifas nos dan muchos más, como los que
nombra Milton en su "Paraíso Perdido".
El número de ángeles
Frecuentemente
se afirma que el número de los ángeles es prodigioso (Dan. 7,10; Apoc. 5,11;
Sal. 68(67),18; Mt. 26,53). Del uso de la palabra huestes (sabaoth) como
sinónimo del ejército celestial es difícil resistirse a la impresión
"Señor de los Ejércitos" se refiere al mandato supremo de Dios sobre
la multitud angélica (cf. Deut. 33,2; 32,43; los Setenta). Los Padres ven una referencia al número
referente de hombres y ángeles en la parábola de las cien ovejas (Lc. 15,1-3),
aunque esto pueda parecer extravagante. Los escolásticos, nuevamente, siguiendo
el tratado "De Coelesti Hierarchia" de Dionisio, consideran la
preponderancia de los números como una perfección necesaria de las huestes
angélicas.
La
distinción entre ángeles buenos y ángeles malos aparece constantemente en la
Biblia, pero es instructivo señalar que no existe señal alguna de cualquier
dualismo o conflicto entre dos principios iguales, uno bueno y otro malo. El conflicto descrito es más bien el
librado en la tierra entre el Reino de Dios y el reino del Maligno, pero
siempre se supone la inferioridad del último. Entonces, se debe explicar la
existencia de este espíritu inferior, y por consiguiente creado. El
desarrollo gradual de la conciencia hebrea sobre este tema está claramente
presente en los escritos inspirados. El relato de la caída de nuestros primeros
padres (Gén. 3) se expresa en términos tales que es imposible ver en él otra
algo más que el reconocimiento de la existencia de un principio del mal que
está celoso de la raza humana. La declaración (Gén. 6,1) de que los "hijos
de Dios" se casaban con las hijas de los hombres se explica de la caída de
los ángeles, en Henoc VI-XI, y en los códices D, E, F y A de los Setenta dice
frecuentemente, por "hijos de Dios", oi aggeloi tou theou.
Desgraciadamente, los códices B y C son defectuosos en Génesis 6, pero es probablemente
que ellos, también, lean oi aggeloi en este pasaje, pues constantemente
traducen así la expresión "los hijos de Dios"; cf. Job 1 6; 2,1;
38,7; pero por otro lado, véase Sal. 2,1 y (89)88,7 (los Setenta). Filón sigue
a los Setenta al comentario sobre este pasaje (en su tratado "Quod Deus
sit immutabilis". Para la doctrina de Filo sobre los ángeles vea "De
Vita Mosis", III,2; "De Somniis", VI; "De Incorrupta
Manna", I; "De Sacrificiis", II; "De Lege Allegorica",
I, 12; III, 73; y para la opinión sobre Génesis 6,1 vea Justino, Apol. II, 5.
Debe además
señalarse que la palabra hebrea nephilim, que es traducida como gigantes en
6,4, puede significar "los caídos". Los Padres generalmente lo
refieren a los hijos de Set, el linaje escogido. En 1 Sam. 19,9 se dice que un espíritu
malo posee a Saúl, aunque es probablemente una expresión metafórica; más
explícito es 1 Rey. 22,19-23, en donde se describe a un espíritu en medio del
ejército celestial y que se ofrece, por invitación del Señor, para ser un
espíritu mentiroso en la boca de los falsos profetas de Ajab. Siguiendo a los
escolásticos, podemos explicar esto como un malum poenae, que es realmente
causado por Dios debido a las faltas de los hombres. Una verdadera exégesis,
sin embargo, insistiría en el tono puramente imaginativo de todo el episodio;
lo que está destinado a ocupar nuestra atención no es tanto la forma en que se
lanza el mensaje, sino el contenido real de ese mensaje.
El cuadro
que nos da Job 1 y 2, es igualmente imaginativo; pero Satanás, quizás la primera
individualización del ángel caído, se presenta como un intruso que está celoso
de Job. Él es, evidentemente, un ser inferior a la Deidad y sólo puede tocar a
Job con permiso de Dios. A partir de una comparación de 2 Sam. 24,1 con 1 Crón.
21,1 aparece cómo el pensamiento teológico avanzó a medida que la cantidad de
la revelación creció. Mientras que en el primer pasaje se dice que el pecado de
David fue debido a que "la ira del Señor" "incitó a David",
en el segundo leemos que "Satanás incitó a David a censar a Israel".
En Job 4,18 nos parece encontrar una declaración clara sobre la caída: "Y
aún a sus ángeles achaca desvarío". En los Setenta, Job contiene algunos
pasajes instructivos respecto a ángeles vengadores en quienes quizá podamos ver
a los espíritus caídos, así en 33,23: "Si hay mil ángeles mediadores de la
muerte en su contra, ninguno de ellos le hará daño"; y en 36,14: "Incluso si sus almas mueren en
plena juventud, aun así su vida será herida por los ángeles"; y en 21,15:
"Las riquezas injustamente aumentadas serán vomitadas, un ángel lo sacará
de su casa"; cf. Prov. 17,11; Sal. 35(34)34,5-6; 78(77),49, y
especialmente Eclo. 39,33 manuscrito en el original hebreo. En algunos de estos
pasajes, es verdad, se puede considerar a los ángeles como los vengadores de la
justicia de Dios, sin ser, por lo tanto, espíritus malos. En Zac. 3,1-3 se le
llama a Satanás el adversario que declara ante el Señor contra Josué, el sumo
sacerdote. Isaías 14 y Ezequiel 28 son para los Padres el loci classici respecto
a la caída de Satanás (cf. Tertuliano, Contra Marción, 2.10); y el Señor mismo
le dio visos de probabilidad o verdad a esta opinión al usar las imágenes de
este último pasaje al decir a sus Apóstoles: "Yo veía a Satanás caer del
cielo como un rayo" (Lc. 10,18).
En tiempos
del Nuevo Testamento se establece claramente la idea de los dos reinos
espirituales. El diablo es un ángel caído que en su caída arrastró consigo
multitudes de la hueste celestial. Nuestro Jesús le llama “el príncipe de este
mundo" (Juan 14,30); él es el tentador de la raza humana y trata de
involucrarlos en su caída (Mateo 25,41; 2 Ped. 2,4; Ef. 6,12; 2 [Epístolas a
los Corintios|Cor.]] 11,14; 12,7). La representación cristiana del diablo bajo
la forma de un dragón se deriva especialmente del Apocalipsis (9,11-15;
12,7-9), donde se le llama "el ángel del abismo", "el
dragón", "la serpiente antigua", etc., y se le representa como
si realmente hubiese estado en combate con el Arcángel Miguel. Es muy llamativa
la similitud entre estas escenas como éstas y los antiguos relatos babilónicos
sobre la lucha entre Merodak y el dragón Tiamat. Es una cuestión discutible si
trazamos su origen a las vagas reminiscencias de los poderosos saurios que
antiguamente poblaron la tierra, pero el lector curioso puede consultar a
Bousett, "The Anti-Christ Legend" (tr. por Keane, Londres, 1896).
El término "Ángel" en la Versión de los
Setenta
Hemos
tenido ocasión de mencionar la -Versión de los Setenta- el pasaje más conocido
es Isaías 9,6, en que los Setenta da el nombre del Mesías como "Ángel del
gran Consejo". Ya hemos llamado la atención sobre Job 20,15, donde los
Setenta dice "Ángel" en lugar de "Dios", y a 36,14, donde
parece ser cuestión de ángeles malos. En 9,7 los Setenta (B) añade: "Él ha
inventado cosas difíciles para sus ángeles; pero lo más curioso de todo es, en
40,14, donde la Vulgata y el hebreo (5,19) dicen "Behemot": "Él
es el principio de los caminos de Dios, el que lo creó hará su espada para
acercarse", los Setenta dice: "Él es el principio de la Creación de
Dios, creado para que sus ángeles se mofen"; y exactamente el mismo
comentario es hecho sobre "Leviatán" (41,24). Ya hemos visto que los
Setenta generalmente traduce el término "los hijos de Dios" por
"ángeles", pero en Deut. 32,43 los Setenta tiene una adición en la
que aparecen ambos términos: menciona ambas condiciones: "Exultad en Él
todos los cielos, y adórenle todos los ángeles de Dios; exultad las naciones
con su pueblo, y glorifíquenle todos los hijos de Dios". Tampoco los Setenta nos da aquí
meramente una referencia adicional a los ángeles; a veces nos permite corregir
pasajes difíciles sobre ellos en la Vulgata y en los textos masoréticos. Así,
el difícil Elim del texto Masorético en Job 12, 17, que la Vulgata traduce como
"ángeles", se convierte en bestias salvajes en la Versión de los
Setenta.
Al
principio los ángeles eran considerados en una forma bastante impersonal (Gén.
16,7). Son vicarios de Dios y a menudo se les identifica con el Autor de su
mensaje (Gén 48,15-16). Pero mientras leemos que “los ángeles de Dios” se
encuentran con Jacob (Gén. 32,1), otras veces leemos sobre uno que es llamado
"el Ángel de Dios" par excellence, por ejemplo Gén. 31,11. Es verdad
que, debido al idioma hebreo, esto puede significar sólo "un ángel de
Dios", y los Setenta lo traduce con o sin el artículo a voluntad; sin
embargo, los tres visitantes en Mambré parecen haber sido de diferente rango,
aunque Pablo (Heb. 13,2) los consideró a todos igualmente ángeles; según se
desarrolla la historia en Gén. 13, el que habla es siempre "el
Señor". Así en el relato del Ángel del Señor que visitó a Gedeón (Jc. 6),
al visitante se le llama tanto "el Ángel del Señor" como "el Señor".
De igual
manera, en Jueces 13, el Ángel del Señor aparece, y tanto Manóaj como su esposa
exclaman: "Seguro que vamos a morir, porque hemos visto a Dios". Esta
falta de claridad es particularmente evidente en los varios relatos del ángel
del Éxodo. En Jueces 6, mencionado anteriormente, los Setenta tiene mucho
cuidado en traducir el hebreo "Señor" por "el Ángel del
Señor"; pero en la historia del Éxodo es el Señor que va delante de ellos
en la columna de nube (Éx. 13,21), y los Setenta no realiza ninguna modificación
(cf. también Núm. 14,14, y Neh. 9,7-20). Pero, en Éx. 14,19 a su guía se le
llama "el Ángel de Dios". Cuando vamos a Éx. 33, donde Dios está
enojado con su pueblo por adorar al becerro de oro, es difícil no sentir que es
Dios mismo quien ha sido su guía hasta ahora, pero que ahora se niega a seguir
acompañándolos. Dios ofrece a un ángel en su lugar, pero a petición de Moisés,
dice (14) "Mi rostro irá delante de ti", el cual los Setenta traduce
por autos aunque el versículo siguiente demuestra que esa traducción es claramente
imposible, pues Moisés objeta: "Si no vienes tú mismo, no
nos hagas partir de aquí". Pero, ¿qué quiere decir Dios con "mi
rostro?" ¿Es posible que se denote algún ángel de rango especialmente
alto, como en Is. 63,9? (cf. Tobías 12,15). ¿No podrá ser esto lo que se quiere
decir con "el ángel de Dios?" (cf. Núm. 20,16).
Apenas hace
falta decir que un proceso de evolución en el pensamiento teológico acompañó el
desarrollo gradual de la revelación de Dios, pero es especialmente notable en
los diferentes puntos de vista respecto a la persona del Dador de la Ley. El
texto masorético, así como en los caps. 3, 19 y 20 del Éxodo de la Vulgata
representan claramente que es el Ser Supremo según se le aparece a Moisés en la
zarza y en el Monte Sinaí; pero la versión de los Setenta, si bien concurre en
que fue Dios mismo quien le entregó la Ley, sin embargo, dice que fue el
"ángel del Señor" quien se apareció en la zarza. Durante la época del
Nuevo Testamento prevaleció el punto de vista de los Setenta, y es ahora no
solo en la zarza que el ángel del Señor, y no Dios mismo, quien aparece, sino
que el ángel también es el dador de la Ley (cf. Gál. 3,19; Heb. 2,2; Hch.
7,30). La persona del "ángel del Señor" encuentra su equivalente en
la personificación de la sabiduría en los libros sapienciales, y en por lo
menos un pasaje (Zac. 3,1) parece representar a "el Hijo de Hombre"
que Daniel (7, 13) vio ante "el Anciano". Zacarías dice: "Me
hizo ver después al sumo sacerdote Josué, que estaba ante el ángel de Yahveh; a
su derecha estaba el Satán para acusarle". Tertuliano considera muchos de
estos pasajes como preludios de la Encarnación; como la Palabra de Dios
prefigurando el carácter sublime con el que Él un día se revelará a los hombres
(cf. Adv, Prax. 16: Adv. Marc. 2.27; 3.9, 1.10, 1.21-22).
Tertuliano
se refiere a muchos de estos pasajes como preludios de la Encarnación, como la
Palabra de Dios presagiando el carácter sublime en la que Él es un día para
revelarse a los hombres (cf. Adv. Prax, XVI, Adv Marc, II, 27 ; III, 9; I, 10,
21, 22). Es posible, entonces, que en estas opiniones confusas podamos rastrear
tanteos vagos ciertas verdades dogmáticas sobre la Trinidad, reminiscencias
quizás de la primera revelación, de la cual el Protoevangelio de Gén. 3 es sólo
una reliquia. Los primeros Padres, ciñéndose a la letra del texto, sostuvieron
que era realmente Dios mismo quien apareció. El que aparecía era llamado Dios y
actuaba como Dios. Por ello, no fue raro que Tertuliano, como ya hemos visto,
considerase tales manifestaciones a la luz de preludios de la Encarnación, y la
mayoría de los Padres Orientales siguió esa misma línea de pensamiento. Fue
sostenido incluso en 1851 por Vandenbroeck, "Dissertatio Theologica de
Theophaniis sub Veteri Testamento" (Lovaina).
Pero los
grandes Padres Latinos, Jerónimo, Agustín y Gregorio Magno, sostuvieron la
opinión contraria, y los escolásticos como cuerpo los siguió. Agustín (Sermo
VII, de Scripturis, P. G. V) al tratar sobre la zarza ardiente (Éx. 3) dice:
"Es muy difícil de entender que la misma persona que le habló a Moisés
deba considerarse tanto el Señor como un ángel del Señor. Es una pregunta que
prohíbe aseveraciones precipitadas, sino que demanda una cuidadosa
investigación. Algunos afirman que es llamado tanto el Señor como el ángel del
Señor porque era Cristo; de hecho el profeta (Isaías 9,6, Versión de los
Setenta) llama claramente a Cristo el ‘Ángel del gran Consejo’". El santo
procede a demostrar que tal opinión es sostenible, aunque debemos tener cuidado
de no caer en el arrianismo al afirmarlo. Señala, sin embargo, que si decimos
que fue un ángel el que se apareció, debemos explicar por qué se le llamó
"el Señor", y luego procede a demostrar cómo esto pudo ser: "En
otro lugar de la Biblia, cuando un profeta habla, se dice que es el Señor el
que habla, no porque el profeta sea el Señor, sino porque el Señor está en el
profeta; y de esa misma manera, cuando el Señor se digna hablar a través de la
boca de un profeta o de un ángel, es igual que cuando Él habla por medio de un
profeta o apóstol, y al ángel se le llama correctamente ángel si lo
consideramos en sí mismo, pero es igualmente correcto si le 'llama el Señor'
porque Dios mora en él". Concluye diciendo que: "Es el nombre del
morador, no del templo.” Y un poco más adelante dice: "Me parece que
deberíamos decir más correctamente que nuestros antepasados reconocieron al
Señor en el ángel", y aduce la autoridad de los escritores del Nuevo
Testamento que lo entendieron claramente así y sin embargo a veces permitieron
la misma confusión de términos (cf. Heb. 2,2, y Hch. 7, 31-33).
El discute
más elaboradamente el asunto en su obra "In Heptateuchum", lib. VII,
54, P. G. III, 558. Como un ejemplo de cuán convencidos estaban algunos Padres
defendiendo la interpretación contraria, cabe destacar las palabras de
Teodoreto (In Exod.): "El pasaje entero (Éx. 3) demuestra que fue Dios
quien se le apareció. Pero (Moisés) lo llamó un ángel para hacernos saber que
no era Dios Padre a quien vio ---pues ¿qué ángel pudo el Padre ser?--- sino al
Hijo Unigénito, el Ángel del gran Consejo" (cf. Eusebio, Hist. Eccles., I,
II, 7; San Ireneo, Adv. Haer., III, 6). Pero la interpretación propuesta por
los Padres latinos estaba destinada a perdurar en la Iglesia, y los escolásticos
la redujeron a un sistema (cf. Tomás, Quaest., Disp., De Potentia, VI, 8, ad.
3am); y para una exposición más amplia sobre ambas interpretaciones, cf.
"Revue biblique" 1894, 232-247.
Los ángeles en la literatura babilónica
La Biblia
nos ha mostrado que la creencia en los ángeles, o espíritus intermediarios
entre Dios y el hombre, es una característica de los pueblos semitas. Es por
consiguiente interesante rastrear esta creencia hasta los semitas de Babilonia.
Según Sayce (The Religions of Ancient Egypt and Babylonia, Gifford Lectures,
1901), el injerto de creencias semíticas sobre en la primera la [religión]]
sumeria de Babilonia está marcado por la entrada de los ángeles o sukallin en
su teosofía. Por ello, encontramos un interesante paralelismo con "los
ángeles del Señor" en Nebo, "el ministro de Merodac" (ibid.,
355). También se le llama el "ángel" o intérprete
de la voluntad de Merodac (ibid., 456), y Sayce acepta la declaración de Hommel
de que se puede demostrar por las inscripciones minoicas que la religión
semítica primitiva consistió en el culto a la luna y a las estrellas, el
dios-luna Attar y un dios "ángel" que está de pie a la cabeza del
panteón (ibid., 315).
El conflicto bíblico entre los reinos
del bien y del mal tienen su paralelo en "los espíritus del cielo" o
los Igigi ---quienes constituían la "hueste", de la que Ninip era el
campeón (y de quien recibía el título de "jefe de los ángeles") y los
"espíritus de la tierra", o Annuna-Ki que vivían en el Hades (ibid.
355). Los sukalli babilónicos corresponden a los espíritus-mensajeros de la
Biblia; ellos declaraban la voluntad de su Señor y ejecutaban sus órdenes
(ibid., 361). Algunos de ellos parece haber sido más que mensajeros;
eran los intérpretes y vicarios de la deidad suprema; así, Nebo es "el
profeta de Borsipa". A estos ángeles incluso se les llama "los
hijos" de la deidad cuyos vicarios son; así Ninip, en un tiempo mensajero
de En-lil, se transforma en su hijo así como también Merodac se convierte en
hijo de Ea (ibid., 496). Los relatos babilónicos de la Creación y del Diluvio
no contrastan muy favorablemente con los relatos bíblicos, y lo mismo debe
decirse de las caóticas jerarquías de dioses y ángeles que la investigación
moderna ha revelado. Quizás estamos justificados al ver en todas las formas
de religión vestigios de un primitivo culto a la naturaleza que a veces ha
logrado rebajar la más pura revelación, y que, donde esa revelación primitiva
no ha recibido incrementos sucesivos, como entre los hebreos, trae como
resultado una abundante cosecha de hierba mala.
Así la
Biblia ciertamente sanciona la idea de que algunos ángeles tienen a su cargo
pueblos específicos. Esta creencia persiste en forma degradada en la noción
árabe de los Genii, o Jinni, quienes aparecen en algunos lugares particulares.
Una referencia a ello se encuentra quizás en Gén. 32, 1-2: "Jacob se fue
por su camino, y le salieron al encuentro ángeles de Dios. Al verlos, dijo
Jacob: 'Este es el campamento de Dios'; y llamó a aquel lugar Majanáyim, es
decir, 'Campamento'". Exploraciones recientes en el barrio árabe cerca de
Petra, han revelado ciertos recintos delimitados con piedras como los
domicilios de los ángeles, y las tribus nómadas los frecuentan para la oración
y el sacrificio. Estos lugares llevan un nombre que corresponde exactamente con
el de "Majanáyim" del antedicho pasaje del Génesis (cf. Lagrange,
Religions Semitiques, 184, y Robertson Smith, Religion of the Semites, 445). La
visión de Jacob en Betel (Gén. 28,12) puede quizá caer dentro de la misma
categoría. Baste decir que no todo lo que está en la Biblia es revelación, y
que el objeto de los escritos inspirados no se limita a darnos verdades nuevas,
sino también a hacer más claras ciertas verdades que enseña la naturaleza. El
punto de vista moderno, que tiende a considerar todo lo babilónico como
completamente primitivo y que parece pensar que porque los críticos les asignan
una fecha tardía a los escritos bíblicos la religión contenida en ella debe ser
también tardía, puede verse en Haag, "Theologie Biblique" (339). Este
escritor ve en los ángeles bíblicos sólo deidades primitivas rebajadas a
semi-dioses por el victorioso progreso del monoteísmo.
Los ángeles en el Zendavesta
También se
han hecho esfuerzos por trazar una conexión entre los ángeles de la Biblia y
los "grandes arcángeles" o "Amesha Spenta" del Zendavesta.
Que la dominación persa y la cautividad babilónica ejercieron una gran
influencia en la concepción hebrea de los ángeles se reconoce en el Talmud de
Jerusalén, Rosch Haschanna, 56, donde se dice que los nombres de los ángeles se
introdujeron de Babilonia. Sin embargo, no es claro de ningún modo que los
seres angélicos que aparecen tantas veces en las páginas del Avesta se refieran
a la antigua religión persa de la época de Ciro, y no más bien al
neo-zoroastrismo de los sasánidas. Si éste fuera el caso, como lo sostiene
Darmesteter, debemos más bien invertir la posición y atribuirles los ángeles
del zoroastrismo a la influencia de la Biblia y de Filón. Se ha hecho hincapié
sobre la similitud entre los "siete que están de pie ante Dios"
bíblicos, y los siete Amesha Spenta del Zendavesta. Pero debe señalarse que
estos últimos realmente son seis, y que el número siete sólo se obtiene
contando a "su padre, Ahura Mazda", entre ellos como su jefe. Por
otra parte, estos arcángeles del zoroastrismo son más abstractos que concretos;
ellos no son individuos encargados de importantes misiones como en la Biblia.
Un buen examen de todo el asunto se encuentra en "Rev. Biblique"
(enero y abril de 1904); y para el punto de vista similar abrigado por De
Harlez vea "Rev. Bibl,." (1896), 169.
Los ángeles en el Nuevo Testamento
Hasta aquí
nos hemos detenido casi exclusivamente sobre los ángeles del Antiguo
Testamento, cuyas visitas y mensajes no eran de ningún modo raros, pero cuando
llegamos al Nuevo Testamento sus nombres aparecen en cada página y el número de
referencias a ellos iguala aquellas dadas en el Antiguo. Fue su privilegio el
anunciar a Zacarías y a María la aurora de la redención, y a los pastores su cumplimiento
real. Nuestro Señor en sus discursos habla de ellos como uno
que los vio realmente, y quien, mientras "habla con los hombres",
recibe todavía la silente e invisible adoración de las huestes del cielo. Él
describe sus vidas en el cielo (Mt. 22,30; Lc. 20,36); nos dice como se forman
un cuerpo de guardaespaldas a su alrededor y que con sólo una palabra suya se
vengarían de sus enemigos (Mt. 26,53); es el privilegio de uno de ellos
ayudarlo en el momento de su agonía y sudoración de sangre. Más de una vez
habla de ellos como auxiliares y testigos del Juicio Final (Mt 16,27), el cual
de hecho prepararán (ibid., 13,39-49); y por último, ellos son los felices
testigos de su triunfante Resurrección (ibid., 28,2).
Es fácil para las mentes escépticas ver
en estas huestes angélicas el mero juego de la fantasía hebrea y el rango de
crecimiento de la superstición, pero, ¿los relatos sobre ángeles que
figuran en la Biblia no nos proporcionan la progresión más natural y armoniosa?
En la página inicial de la historia sagrada de la nación judía, ésta es
escogida de entre otras como depositaria de la promesa de Dios; como el pueblo
de cuyo tronco nacería el Redentor. Los ángeles aparecen en el curso de la
historia de este pueblo escogido, ya como mensajeros de Dios, ahora como guías
de ese pueblo; a veces son los otorgadores de la ley de Dios, otras veces
prefiguran al Redentor cuya misión divina ayudan a madurar. Conversan con los profetas, con David y
Elías, con Daniel y Zacarías; acaban con los ejércitos acampados contra Israel,
sirven como guías a los siervos de Dios, y el último profeta, Malaquías, lleva
un nombre de especial significado, "el Ángel de Yahveh". Parece resumir en su mismo nombre el
anterior "ministerio por las manos de los ángeles", como si Dios con
ello recordara las glorias de antaño del Éxodo y del Sinaí. Los Setenta, de
hecho, parece no conocer su nombre como el de un profeta individual, y su
traducción del versículo inicial de su profecía es peculiarmente solemne:
"La carga de la Palabra del Señor de Israel por la mano de su ángel;
colóquenla en sus corazones". Todo este ministerio amoroso por parte de
los ángeles es sólo por amor al Salvador, cuyo rostro desean contemplar.
Por ello,
al llegar la plenitud de los tiempos, fueron ellos quienes trajeron el gozoso
mensaje, y cantaron "Gloria in
Excelsis Deo". Guiaron al recién nacido Rey de los Ángeles en su
presurosa huida a Egipto, y lo atendieron en el desierto. Su segunda venida y
los temibles eventos que le precederán son revelados a su siervo predilecto en
la isla de Patmos. Se trata nuevamente de una revelación, y en consecuencia,
sus antiguos ministros y mensajeros de antaño aparecen una vez más en la
historia sagrada, y el registro del amor revelador de Dios termina dignamente
casi como había comenzado: "Yo, Jesús, he enviado a mi Ángel para daros
testimonio de lo referente a las Iglesias" (Apoc. 22,16). Es fácil rastrear la influencia de las naciones
circundantes y de otras religiones en el relato bíblico sobre los ángeles. De hecho, es necesario e instructivo
hacerlo, pero sería un error cerrar los ojos a la línea superior que hemos
mostrado y que pone de manifiesto tan claramente la maravillosa unidad y
armonía de toda la historia divina de la Biblia.