LA SOLEDAD DEL ELEGIDO
"Cuando Dios separa para formar"
La soledad no
siempre es abandono.
En la senda
templaría, muchas veces es confirmación.
Cuando Dios
aparta a un Caballero, no lo hace para debilitarlo, sino para purificar su
lealtad. No todos pueden caminar contigo cuando el llamado se vuelve más
exigente, cuando el camino deja de ser cómodo y empieza a ser verdadero. La
separación no es castigo; es selección.
El elegido
descubre pronto que no todos soportan el silencio, la disciplina ni la
profundidad. Muchos acompañan mientras hay entusiasmo, pero se detienen cuando
aparece la cruz. Porque no todos están dispuestos a caminar sin aplausos, sin
explicaciones y sin certezas visibles.
La soledad
del Caballero no nace del orgullo, sino de la fidelidad. No es desprecio al
mundo, sino obediencia a una voz más alta. Dios separa para enseñar a
distinguir entre compañía y propósito, entre afecto y misión. Hay personas que
fueron apoyo en una etapa, pero no están llamadas a caminar hasta el final.
Cristo mismo
caminó rodeado de multitudes, pero cargó su misión en soledad.
En Getsemaní,
incluso los más cercanos durmieron. No por maldad, sino porque no todos pueden
velar cuando la noche es más oscura. Así aprende el Templario que la soledad no
invalida su camino; lo confirma.
El Caballero
elegido no se amarga por la distancia, ni mendiga comprensión.
Aprende a
caminar con Dios cuando nadie más entiende. Porque quien depende del respaldo
humano no resistirá cuando el llamado exija firmeza sin testigos.
La soledad
también protege.
Protege de la
contaminación del ego, del ruido innecesario y de las batallas que no fueron
asignadas. En el retiro interior, el Caballero afina su conciencia, fortalece
su fe y aprende a escuchar sin interferencias.
Y cuando Dios
vuelve a unir, lo hace con propósito.
No devuelve
multitudes, sino hermanos verdaderos. No devuelve ruido, sino comunión. El que
aprendió a caminar solo, sabrá caminar rectamente acompañado.
"Dios no
separa para aislarte, sino para enseñarte a caminar sin depender de nadie más
que de Él'.
Por, Miguel
Peñafiel.