El Testigo
En el invierno de 1491, algo cayó del cielo sobre las colinas cercanas a Roma. No era un ángel, ni un demonio… pero tenía alas, garras y una voz que no salía de su boca, sino que vibraba en la mente de quien lo mirara .
Campesinos hablaron de “un dios oscuro cubierto de plumas negras” que devoró animales sin tocarlos. Esa misma noche, un grupo de caballeros con símbolos papales apareció y se llevó al ser dentro de una jaula cubierta con cadenas bañadas en sal y oro .
Fue llevado al Castel Sant’Angelo, donde aún hoy permanece. No muerto. No dormido. Encerrado en lo que el Vaticano llama La Cripta del Testigo. Ningún papa desde entonces ha negado su existencia… pero tampoco lo ha confesado .
En los Archivos Secretos existe un documento titulado “Speculum Daemonis”, escrito por el inquisidor Francesco del Monte, quien fue el único autorizado a interrogar a la criatura. Según su diario, el ser hablaba de un tiempo anterior al Génesis, cuando “el cielo y la carne eran uno”
.
Aseguraba haber sido enviado para observar la caída de la humanidad… y que cada mil años debía ser liberado para “testificar ante el trono”. ¿El trono de quién? Nadie lo sabe. Solo una frase se repite en cada página del diario: “No lo mires a los ojos” .
En 1957, durante una restauración, tres obreros desaparecieron tras abrir accidentalmente una compuerta sellada con cera negra. Nunca se hallaron los cuerpos, pero uno de los cascos apareció... con una pluma negra atravesando la visera .
La criatura sigue ahí. Vive sin moverse. Respira sin pulmones. Espera sin tiempo. Y el Vaticano... le teme más de lo que jamás ha temido al diablo