La Cosecha de Médula


 Fuente: "El Sello Prohibido"


Hay rituales que no aparecen en ningún libro litúrgico.
No porque no existan. Sino porque algunas cosas no se escriben. Se transmiten de boca a oído, en latín arcaico, en habitaciones sin ventanas, entre hombres que han jurado que lo que escuchan en ese momento morirá con ellos.
La Iglesia Católica tiene dos tipos de tradición.
  • La que enseña.
  • Y la que guarda.
El número 33 no es decorativo en la teología católica.
Es la edad a la que murió Cristo. Es el número de grados del rito escocés masónico. Es la cantidad de vértebras del cuerpo humano adulto. Es el número que aparece con una frecuencia que ningún matemático ha podido explicar satisfactoriamente en los textos fundacionales de las tres religiones abrahámicas, en los textos sagrados védicos y en los registros astronómicos de civilizaciones que nunca tuvieron contacto entre sí.
Los arquitectos del Vaticano lo sabían.
No como dato curioso. Como principio estructural.
Cada 33 años, según los documentos que un archivista benedictino llamado Fra Benedetto Anselmi transcribió parcialmente en un manuscrito fechado en 1687 y que fue catalogado en el Archivo Apostólico bajo una signatura que no corresponde a ninguna categoría pública conocida, los cimientos del edificio más sagrado del mundo occidental requieren algo que ningún manual de arquitectura contempla.
Requieren ser renovados.
No con cemento. No con piedra.
Con algo que solo el cuerpo humano produce en su núcleo más profundo e inaccesible.
La médula ósea es el tejido más protegido del cuerpo humano.
Está envuelta en hueso. El hueso está envuelto en músculo. El músculo está envuelto en piel. Para llegar a ella hay que atravesar todas esas capas con una precisión que la medicina moderna logra con agujas especializadas y anestesia general.
En el siglo XVI, antes de que existiera la anestesia, antes de que existieran las agujas especializadas, el único momento en que ese tejido era accesible sin que el dolor del paciente fuera un obstáculo era cuando el paciente ya no podía sentir dolor.
Cuando ya estaba muerto.
Fra Benedetto Anselmi describió en su manuscrito, con la precisión fría de alguien que ha decidido que documentar es más importante que evaluar moralmente lo que documenta, el procedimiento que él llamaba La Cosecha:
Dentro de las primeras seis horas posteriores a la muerte del Sumo Pontífice, antes de que el proceso de descomposición comenzara a contaminar los tejidos internos, un grupo reducido de hombres —cuántos exactamente, el manuscrito no lo especifica, pero usa el plural y las referencias sugieren no más de cuatro— entraban a la cámara mortuoria con instrumentos que Anselmi describía como "taladros de metal purificado, ungidos con aceite de consagración en tres tiempos".
Los instrumentos eran utilizados en los huesos del esternón y de los fémures.
Puntos específicos. Medidas específicas. Profundidades específicas.
Lo que extraían era guardado en recipientes de alabastro que habían sido preparados con anterioridad, como si la fecha del procedimiento fuera conocida de antemano o como si la preparación formara parte de un protocolo que se iniciaba mucho antes de que el Papa en cuestión mostrara síntomas de deterioro.
Anselmi no comentó ese detalle.
Pero lo escribió.
La segunda parte del ritual requería algo que la teología oficial de la Iglesia consideraría sacrílego si alguna vez fuera discutido en voz alta.
El manuscrito lo llamaba la corriente viva.
Para que la médula del muerto cumpliera su función como agente de renovación estructural, necesitaba ser mezclada con algo que representara el polo opuesto en la escala de lo sagrado: no la muerte sino la vida en su forma más pura. No el fin del cuerpo sino su potencial sin realizar.
Las monjas consagradas que habían pronunciado votos de virginidad perpetua y que llevaban cierto número de años en clausura absoluta eran, según la lógica ritual que subyacía al procedimiento, los únicos cuerpos humanos cuya aportación tenía la pureza requerida.
Anselmi usó la expresión latina "fluxus sacer".
El flujo sagrado.
No dejó ninguna ambigüedad sobre a qué se refería.
Y tampoco explicó cómo era obtenido, o si las mujeres en cuestión sabían para qué era utilizado lo que de sus cuerpos se tomaba. Solo escribió que el proceso requería su participación activa en el rito, descrita como voluntaria, bajo un voto de silencio que se añadía a los votos ya existentes de su vida religiosa.
Un silencio sobre un silencio.
La mezcla resultante era aplicada a las piedras fundacionales del edificio en un proceso que duraba tres días.
No todas las piedras. Solo las que Anselmi llamaba "piedras de umbral": aquellas que habían sido colocadas en los puntos donde el edificio tocaba el suelo por primera vez, donde la construcción humana comenzaba a separarse de la tierra natural. Los puntos donde, según la cosmología que sostiene este ritual y que no pertenece a ninguna teología oficial aunque comparte vocabulario con varias de ellas, el mundo de los vivos y el mundo de lo que sostiene a los vivos se tocan.
El propósito declarado en el manuscrito era este: que un edificio que alberga a los representantes de lo sagrado en la tierra requiere un recordatorio periódico de que está vivo. No metafóricamente. De que sus cimientos reconocen la presencia de lo que habita en ellos. Y que sin ese recordatorio, expresado en el único lenguaje que los materiales inorgánicos pueden procesar —el lenguaje biológico, el lenguaje del tejido humano vivo y muerto mezclados en proporciones precisas— el edificio comenzaba a rechazar.
Anselmi no explicó qué significaba rechazar.
Solo escribió que había ocurrido una vez, en un período en que el ritual había sido omitido por circunstancias que no especificaba.
Y que lo que siguió a esa omisión había sido suficiente para que nadie volviera a cuestionarse si el procedimiento era necesario.
El manuscrito de Fra Benedetto Anselmi fue transcrito parcialmente por un historiador alemán llamado Klaus Wertheimer en 1923, durante una visita de investigación al Archivo Apostólico. Wertheimer publicó un artículo académico ese mismo año en una revista de historia eclesiástica de Berlín en el que mencionaba el manuscrito como "una curiosidad de la liturgia popular calabresa del siglo XVII, probablemente apócrifa".
Describió algunos de sus elementos con suficiente vaguedad para que el artículo pasara el filtro editorial.
Pero en su correspondencia privada, en cartas dirigidas a su colega y amigo el historiador Rudolf Otto, Wertheimer fue considerablemente más específico sobre lo que había leído. En una carta fechada en octubre de 1923 escribió:
"He leído cosas en Roma que no debería haber leído. No porque estuvieran prohibidas, sino porque estaban simplemente ahí, archivadas entre documentos ordinarios como si quien las guardó no tuviera ninguna preocupación de que fueran encontradas. Eso me perturbó más que el contenido. Una institución que no teme que sus secretos sean leídos es una institución que confía en que quien los lea no tendrá a quién contárselos."
La carta está en el archivo personal de Rudolf Otto, depositado en la Universidad de Marburgo.
Es accesible para investigadores acreditados.
Nadie ha pedido verla en los últimos doce años.
Los cimientos de la Basílica de San Pedro tienen más de quinientos años.
Han sobrevivido guerras, terremotos, el peso de siglos de peregrinos y el desgaste de un suelo romano que los ingenieros modernos describen como geológicamente inestable en grado suficiente para que varios edificios de la misma era y la misma envergadura ya no existan.
Los ingenieros atribuyen la supervivencia del edificio a la calidad de los materiales y a la genialidad de sus arquitectos.
Es una explicación razonable.
Es la única explicación que está disponible para quienes no han leído ciertas cosas en ciertos archivos.
Para los que sí las han leído, hay otra variable en la ecuación. Una que no aparece en ningún cálculo de resistencia estructural porque ningún cálculo de resistencia estructural contempla la posibilidad de que un edificio pueda, en algún sentido que la física moderna no tiene categorías para describir, querer seguir en pie.
O no querer.
Dependiendo de si lo que sus piedras más profundas reconocen como propio sigue siendo aplicado cada 33 años con la precisión y los materiales que el ritual requiere.
El último Papa murió hace menos tiempo del que ese intervalo sugiere.
Haz la cuenta.

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